ha pasado mucha agua bajo los puentes

y enormes cantidades de sangre

pero a los pies del amor

corre un gran arroyo blanco

y en los jardines de la luna

en los que cada día se celebra tu fiesta

ese arroyo canta mientras duerme

y esa luna es mi cabeza

donde gira un enorme sol azul

y ese sol son tus ojos

👉

Jacques Prevert

En torno a Stanley Kubrick

(publicado en Rosario/12 y en la Revista de Arte Minotauro de Madrid)



LA BUSQUEDA. El resplandor de Stanley Kubrick se apagó un domingo de marzo de 1999, algunos meses antes del estreno de “Eyes wide shut”. Una obra llena de genialidad  y controversia que se comió, literalmente, los últimos años de su vida. La crítica, con la suspicacia que la caracteriza, llegó a afirmar que “ningún otro director hubiese invertido tanto tiempo y esfuerzo en filmar esa película”, desconociendo tal vez que Kubrick no sabía trabajar de otra manera. Riguroso, demandante, obsesivo, se dejó devorar por la búsqueda de un cine perfecto, y en esa obsesión se llevó puesto a quienes lo rodearon.  “Eyes wide shut” le costó a Tom Cruise una úlcera gástrica. Jack Nicholson juró haber quedado loco de verdad después de filmar “The Shining”, y Malcom McDowell todavía se estremece cuando recuerda los ensayos maratónicos de “La Naranja Mecánica ”. Alguien dijo que el perfeccionismo y la exigencia del director llegaban a límites absurdos.Si es cierto que Dotowieski no recordaba el nombre de su mujer cuando terminaba de escribir, y si es cierto que Balzac tomaba litros de café por día para no dormirse, entonces no es extraño que Kubrick comparara al cine con la novela del Siglo XIX.

LO BUENO Y LO MALO. Podríamos pensar que “A Clockwork Orange” es una gigantesca metáfora sobre la libertad relativa que tiene el hombre para elegir entre lo bueno y lo malo. El excéntrico Alex es un joven de instintos liberados, perverso y brutal, capaz de golpear a un anciano y de violar a su mujer; pero también es una víctima del aquelarre del mundo, del desamparo, de la manipulación del poder.
Hobbes sostuvo que el hombre es naturalmente malo. Rousseau dijo que el hombre  es naturalmente bueno y que se corrompe en sociedad. ¿Ud. que piensa, Mr. Kubrick? “Que el hombre nace malo, y que la sociedad lo vuelve peor”.

LA MUSICA. Hay quienes dicen que la historia del cine se divide en antes y después de Stanley Kubrick. No sólo en términos de calidad o innovación, sino también en términos de utilización de la música. El punto de inflexión lo marca “2001: A space odissey”. Hasta entonces, para Hollywood, la música era un mero resaltador de situaciones, una herramienta obligada para la apertura y el cierre. Pero desde “2001” se convierte en parte del guión mismo, en un metalenguaje constitutivo del relato. Aún hoy podríamos aceptar cualquier película de los 60’ con cualquier música de fondo. Lo que es imposible, sin dudas, es concebir a “2001” sin la música de Strauss o de Ligeti. 

WOODY ALLEN DIXIT. “La primera vez que vi  A space odissey no me gustó. Me decepcionó. Unos meses después estaba en California. Volví a verla y me gustó un poco más. La tercera vez pensé: ¡Qué película tan sensacional! Como pocas veces me ha pasado, comprendí que ese artista iba muy por delante de mi, que Stanley Kubrick iba muy por delante de todos nosotros”.

LA EXPERIENCIA VISUAL. Tengo tres imágenes imborrables de “A space odissey”. El hueso lanzado al aire, rotando suavemente contra un cielo limpio. La silenciosa agonía del computador HAL. La criatura humana, hacia el final de la película, mirando la tierra desde el útero cristalino. Tres instancias de fotografía pura. Entonces comprendo a Kubrick: “No es preciso tratar de entender la película como sea. Lo que es preciso es verla, oírla, y sentirla”. Reparemos en el orden de los verbos, que no es azaroso. Se trata, antes que nada, de una experiencia visual. Y cualquier interpretación de sentido, siguiendo a Susan Sontag, es aniquilar la belleza intrínseca de sus imágenes.

LOS MITOS.
Ermitaño y paranoico, vivía en una mansión de rejas electrificadas en las afueras de Londres.
El guión de “Eyes wide shut” fue impreso en papel rojo para evitar las fotocopias.
Durante el estreno de “A space odissey”, contó que 241 personas se habían retirado de la sala antes que terminara el film; ni una más ni una menos.
El hombre no llegó a la luna el 21 de Julio del 69’: lo que se vio fue una gigantesca puesta en escena que Kubrick montó en un estudio de Hollywood, a pedido del presidente Johnson.
El computador de “2001” se llamó “HAL” porque sus letras son las que preceden a las de “IBM”, que se habría negado a prestar el nombre para la película.

KUBRICK Y LA ESPERANZA. Nada está resuelto en las películas de Kubrick. El conflicto entre los sexos, entre las naciones, entre el hombre y sus semejantes, entre lo humano y lo artificial, giran y se repiten eternamente en una elipse sin fin. Nada queda zanjado.

Hay una lente –la de Kubrick- que mira al género humano con un tajante pesimismo, pero también con un guiño de ternura, de padre esperanzado. A diez años de su última película, tal vez nos quede la tarea de encontrar, bajo la superficie sórdida de su obra, un profundo mensaje de esperanza y amor por la humanidad.





Slowhand (*relato)






(Una entrevista imaginaria con Eric Clapton)

Publicado en: 
Rosario/12, Diciembre de 2008 
 y Revista Literaria Catarsis, México DF, 2009



Cruzar la ciudad me bastó para comprobarlo. Hay demasiada gente en Nueva York. Por eso llegar a Park Avenue es siempre placentero. Una tregua de aire fresco en la gran Babel.
Miro las flores del boulevard y los árboles abombados sobre las veredas anchas. Las residencias son, casi siempre, escalones arriba, flanqueadas por una estrecha franja de césped esmeralda. Clavados al pie de cada árbol, pueden verse unos cartelitos muy sobrios, muy ingleses, que dicen algo así como “cub your dog”. (Más tarde, un argentino, que descansaba sentado sobre el capó de su taxi, me traduciría los carteles al criollo: “Cuide que su perro no cague en esta calle”).
Hasta la brisa matinal, en Park Avenue, parece una gentileza.
Llevo apenas un cuaderno, un grabador y un CD que compré hace apenas media hora, en una tienda de Times Square. Llego a la puerta diez minutos antes de lo previsto. No me avergüenza admitirlo: siento un miedo arcano, que me nace de los huesos y termina por juntárseme en los pómulos. Veo la foto y el título del CD: "Me and Mr. Johnson". Todavía no lo creo.
Hago sonar el timbre. Una muchacha me recibe con una sonrisa cansada. Me invita a pasar. Caigo en la cuenta que estoy en casa de Eric Clapton cuando la puerta se cierra a mis espaldas y cesan los ruidos de la calle. Miro las paredes del hall: no hay guitarras, ni discos de platino, ni fotos de conciertos. Tan sólo unas pinturas recatadas y la certidumbre de su presencia, cubriéndolo todo, como una niebla.
El hombre que es leyenda está recostado en un sofá, sosteniendo un periódico doblado a la mitad. Toma el té como lo que es: un prócer inglés. La luz de la mañana le deja en sombras la mitad del rostro. Tiene el aire de un Duque retratado.
Nota mi presencia y sonríe. Su boca delgada es como un trazo de óleo. Me asombra la manera pausada con que se quita los anteojos, la suave e inaudible forma con la que se pone de pie. Ese hombre es la paradoja del silencio.
Conoce mi idioma, dice “buenos días”. Me pregunta si conozco Palma de Mallorca. Allí estuvo un tiempo y aprendió algo de español, a manos de una morena. No sé por qué le miento, le digo que sí, que conozco Palma de Mallorca. El apretón de su mano me sacude algo adentro. “Slowhand”, le llaman. “Mano lenta”. Esa mano y su guitarra me marcaron. Toda mi adolescencia parece suspendida sobre los acordes de “Cocaine” y “Wonderful tonight”. Ahora esa mano sujeta la mía y tengo la impresión que, al soltarme, el mundo entero se va a desplomar.
-¿Cree que podremos terminar en una hora? –pregunta.
La leyenda tiene un aire de hombre sereno. Sabe que le llaman “Dios” y lo acepta, aunque sospecho no le agrada. Debe pensar que un dios hubiese evitado ciertas cosas. Por eso es cortés pero esquivo, un tipo de lejos, que habla siempre desde otro lado. En él hay algo muerto.
Enciende un cigarrillo. Durante años estuvo alejado de los vicios, pero desde la muerte de su hijo ha vuelto, como mínimo, al tabaco. Sospecho que en cada bocanada exhala algo del infierno que lleva adentro. Con el tiempo los ojos se le han hundido en la cara, pero mantiene esa mirada ilustre de portada de álbum. Observo su barba de cinco días.
“Esa barba –pienso- es la de siempre. Jamás le ha crecido, jamás se la ha quitado”
Evito la pregunta del tabaco y cualquier referencia al nuevo disco, que él ya advirtió sobre mi cuaderno.
-Espero que le agrade –me dice.
-Ya me agrada. Lo he escuchado, como mínimo, veinte veces. Es para obsequiar, si no le molesta autografiarla.
-Será un placer.
No quiero preguntarle sobre muertos. Ni sobre este disco nuevo, que es incuestionable. Dejo que me hable de las giras, del hastío de las multitudes, de su nostalgia por Londres, de su escaso conocimiento sobre las bandas actuales. No hay música nueva para Clapton. Todo se repite desde que un tal Robert Johnson tomó una guitarra a orillas de un río y se puso a hacer blues.
-Fue ayer, en Mississippi. O hace mucho, como usted quiera. Da lo mismo. No ha habido nada nuevo desde entonces. Todos los demás nos dedicamos a repetirlo, estamos condenados a repetirlo. Me and Mr. Johnson. You and Mr. Johnson. Everybody and Mr. Johnson.
-Pero usted es Dios.
-No. No lo soy –dice sonriendo. Y sigue hablándome.

Mucho tiempo después, lejos de Nueva York, miro la lámpara fría y muda que cuelga del cielorraso de mi habitación. Es de madrugada. El silencio me asfixia, me tragadentro. Entonces pienso algo que a él, tal vez, le hubiese gustado escuchar: Yo no le temo a Dios, pero creo que el mundo, sin música, sería un error siniestro. Por eso temo  a un mundo sin Johnson, sin Stravinsky, sin Piazzola. Le temo a un mundo sin Clapton.
Vuelvo a cerrar los ojos. Hay una ventana de roble que da a las veredas soleadas de Park Avenue. Y al otro lado, un hombre que me saluda con un leve movimiento de su mano. Esa mano. La lenta. La de milagros.




El Jazzman

a Leandro Gato Barbieri, in memorian



Las Brujas de Barrio Parque me contaron sobre un famoso músico de jazz que se llevó su saxo al cielo. Al llegar lo detuvieron los Guardianes del Silencio Absoluto. Le dijeron que en el paraíso estaba prohibida la música. En particular, la música de jazz. ¡Y sobre todo si salía de un saxo!

El músico respondió que de ninguna manera dejaría su instrumento, de modo que, como un mendigo, se tiró a un costado del ingreso. Tocó durante meses para sí mismo y para los malhumorados guardianes que no le sacaban los oídos de encima. 

Cierto día se olvidaron la puerta abierta, se coló un blues y produjo serias rajaduras en las paredes del Cielo. A estas rajaduras, en la Teoría Crítica, se las suele denominar “intersticios”. Los muertos del lado de adentro quedaron fascinados. Y exigieron que se dejara ingresar, sin restricciones, a todos los músicos con todos sus instrumentos.

Pero la rebelión fue rápidamente controlada. 

Los muertos rebeldes fueron expulsados al Cielo Superior, que es mucho más silencioso que el primero. Al tipo que dejó la puerta abierta, lo mandaron al infierno. 

El jazzman, sin embargo, seguía al otro lado de la puerta con su música sublime y poderosa. Hasta que un día los Guardianes se preguntaron: “¿Qué hace un saxo?”, y se respondieron: “Un saxo convierte el aire en música ¡Y en el cielo no hay aire! ¿Cómo pudimos ser tan tontos?” De modo que  llenaron el formulario de ingreso, le pusieron un sello de “aprobado”  e hicieron entrar al jazzman a los empujones. 

A pesar de los esfuerzos del músico, el saxo enmudeció para siempre. Los Guardianes fueron ascendidos de rango, y condecorados con la Gran Orden del Silencio. 

Me contaron las Brujas que, desde entonces, el jazzman recorre el cielo apoyando sus oídos en los intersticios que él mismo provocó, para escuchar la música que sube desde la tierra. Y así entendí que las rajaduras celestiales no sirven para revelar los secretos divinos, como creía Walter Benjamin. No señor. Las rajaduras están ahí para que entre al cielo el júbilo de los vivos.


Lennon, el peligroso









Las enciclopedias dirán que nació en 1940, en un barrio pobre de Liverpool, en medio de un bombardeo nazi. Quedará para el lector advertir que los primeros sonidos que le llegaron fueron esos:  los de la guerra.
Su padre fue un marinero al que casi no conoció. Su madre, Julia, la verdadera tragedia de su infancia. Lo dejó al cuidado de su tía Mimí a la edad de cuatro. Regresó unos años después, pero la felicidad duró poco. John la vio morir frente su casa, bajo las ruedas de un policía borracho.
“Mi madre me dejó huérfano dos veces”, diría más tarde.

De muy joven fue líder de pandillas, callejero, irreverente, pendenciero y seductor. Encarnó aquello que la sociedad inglesa más aborrecía: el proletariado de los suburbios.

Amó al rock and roll por sobre todas las cosas.

Formó una banda ("Los Quarrymen"). Conoció a McCartney. Su primera experiencia poética fue jugar con las palabras “ritmo” y “escarabajo” para dar nombre a la banda que cambiaría para siempre la historia de la música.

Tenía veintitrés cuanto se presentó con los Beatles en Londres. Ante un auditorio repleto, sonrió y dijo: “Para nuestro último número, vamos a pedir su colaboración. Los de los asientos baratos pueden batir las palmas. Los demás que hagan sonar sus joyas”. 

Presente, entre “los demás”, estaba la Reina de Inglaterra.

En 1966, declaró que los Beatles eran más populares que Jesucristo. Le respondieron con el conocido lenguaje de las hogueras. Se quemaron discos y fotos en todas partes del mundo. El Ku Klux Klan lo amenazó de muerte. A instancias de su tía Mimí, se retractó y pidió disculpas cuántas veces pudo. El Vaticano tuvo la piedad de “perdonarlo” cuarenta y dos años después.

Sin tener formación académica, compuso una buena cantidad de melodías memorables. “In my life”, que escribió a los veinticinco, fue elegida la mejor composición del siglo por un jurado mundial de directores clásicos.

Siendo icono de la cultura occidental, tuvo el desatino de enamorarse de una artista japonesa. Se burlaron diciendo que se había apareado con un mono. Respondió de la única manera que sabía hacerlo, con sarcasmo y una canción: “Todos tienen algo que ocultar, excepto yo y mi mono”.

Harto de ser un beatle, inició su carrera solista y su militancia por la paz. Tocó en el concierto por la liberación de John Sinclair, el activista social encarcelado en Michigan en Julio del 69. Desde entonces, no se detuvo en su guerra contra la guerra de Vietnam.

Se mudó a la Nueva Cork cosmopolita, hastiado de la sociedad inglesa. Dijo alguien: “Cuando se es un genio creativo como Lennon, se le dejan pasar ciertas cosas. Pero Inglaterra no le deja pasar cosas a nadie que venga de la clase obrera”.

Al igual que Graham Greene, tuvo micrófonos de la CIA y del FBI  hasta en el culo. 

Músicos como Jagger y otras megaestrellas del rock fueron declaradas “inofensivas” por el gobierno de Nixon, al cumplir el mandato de “tocar sus canciones y volver a sus mansiones”. Pero Lennon fue inmanejable. Obsesionó a los medios. Salió a la calle. Fastidió al poder.

“Nuestra sociedad está gobernada por dementes que persiguen objetivos dementes”.

Lo llamaron: loco mesiánico, subversivo, terrorista, desquiciado, excéntrico, comunista, irresponsable, pervertidor de la juventud.

Cierta Navidad, empapeló con fondos propios a las grandes capitales del mundo: “La guerra terminó, si tú lo quieres” (“War is over…”, “Der krieg ist aus…”, “La guerre est finie…”, “E finita la guerra…”)

El Director del FBI le respondió, días después, en un mensaje oficial al pueblo americano: “Nuestra causa es justa. Si tenemos fe en la humanidad, la libertad que heredamos se verá preservada. Estados Unidos no es un lugar para esas almas tímidas y cobardes que ruegan que haya paz a cualquier precio”.

Nunca dejó de ser, hay que decirlo, un tipo peligroso. Le negaron la ciudadanía americana. Quisieron deportarlo. No pudieron. Pero jamás perdió el fuego sagrado de su arte: “Es cierto, soy un revolucionario. Pero un artista revolucionario. Nunca he dejado de ser un artista”.

Imaginó un mundo sin fronteras. En cierto modo, llegó a abolirlas. En su memoria, hay un jardín -el “Strawberry Fields”- en pleno Central Park de Nueva York. En el 2000, Silvio Rodríguez y Fidel le descubrieron una estatua, a tamaño natural, en un parque de La Habana.

Dijo un cubano: “De este hombre puede creerse cualquier cosa, menos que esté muerto”.

Pasó de ser el fastidio de la escuela a ser el fastidio de las naciones más poderosas del mundo. Pero por delante del escándalo siempre estuvo su música. Al fin y al cabo, nunca dejó de ser un rockero rebelde de los suburbios de Liverpool.

El 8 de Diciembre de 1980, alguien lo mató a balazos. La noticia cruzó rápido el Océano. Tía Mimí, en su casa de la playa, escuchó, al pasar, que John estaba otra vez en boca de todos.

“¿Qué habrás hecho ahora, Lennon?”, pensó Mimí.





Gustavo Boschetti, 2008



Publicado en:

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EL BARCO (relato)


"El mar nunca ha sido amigable para el ser humano.
Siempre ha sido cómplice de la inquietud humana"
Joseph Conrad



Éramos niños y vivíamos, sin saberlo, en un pueblo condenado. Quizás fuera ése nuestro pecado original.

San Esteban ya era por entonces un puerto de fantasmas, que se adivinaba detrás de los médanos como un vano pincelazo de óxido y malezas. Su linde con el mar no hacía más que acrecentarle los márgenes sórdidos, las dársenas enmohecidas y silenciosas. Nacido como embarque de granos, carecía de las costaneras que caracterizan a las poblaciones marítimas. San Esteban era un puerto de espaldas al mar. Por aquellos años -los de mi niñez- el progreso de otros pueblos había relegado sus ventajas comerciales, y apenas se lo mencionaba como "asentamiento pesquero" . Las viejas industrias quedaron abandonadas en los médanos laterales, poblándose sus muelles de barcos semihundidos y gaviotas hambrientas. Los botes de pesca amarraban a un costado, en las escolleras, y esa era toda la actividad de San Esteban.

 

Recuerdo la escuelita, la capilla, el almacén de ramos generales. El bar de Roque, donde los pescadores se burlaban de nosotros, contándonos historias de monstruos y marinos valientes. Había cuatro mesas perdidas en la holgura del salón, y un largo mostrador donde el viejo Roque servía las cervezas. Íbamos al bar porque tenía un "metegol". Nos quedábamos allí hasta que pasaban las tormentas de arena y luego volvíamos al puerto abandonado, a construir nuestros fuertes y cuarteles generales.

 

El bar de Roque era una gran ventana al mar. Desde sus mesas podían verse la costa y el amarradero. La línea del horizonte divorciaba el mar de un cielo casi siempre ceniciento. Los pescadores bebían y conversaban sin quitar la vista de la ensenada, en las mesas torpemente amontonadas junto al cristal. Muy a menudo, alguno preguntaba:

-¿Cuándo va a llegar?

-Ya va a llegar, con la tormenta del sur.

-Es cuestión de tiempo…-decía otro.

Entonces el bar se inundaba de miradas oscuras, algo parecido al miedo, o a la quietud sombría del aire cuando viene una tormenta. Los pescadores terminaban sus cervezas y se arrastraban, como si fuesen almas en pena. Jamás nos atrevimos a preguntar qué cosa anunciaban los marinos con tanta pesadumbre. Pero rápidamente nos olvidábamos del tema. Nuestra ligera atención de niños se volvía a los juegos y a las expediciones a los barcos encallados.

Al pueblo le quedaban, apenas, unos cien habitantes. La pesca no lograba sustentar las demás actividades y muchos se vieron obligados a partir. Poco a poco, San Esteban se fue desangrando. Me fui quedando sin amigos. Mi madre y mi hermano insistían en quedarse, porque el negocio del pan aún alcanzaba para vivir. Vivíamos en el centro del pueblo, frente a la capilla, en una casita que había construido la cooperativa portuaria. Mi padre enfermó poco tiempo después y lo último que me dijo fue “no te quedes a esperarlo”. 

Lo entendía algunos meses más tarde, escuché a mi hermano hablando con mi madre, en el patio de la casa, mientras limpiaban los hornos.

-Ya está aquí. ¿Qué vamos a hacer?

-Nos vamos a ir –dijo ella- Hay que preparse.

Entonces creí saber de qué hablaban. A qué le temían los marineros y también mi padre, que antes de morir quiso ponerme a salvo. De algún modo ese fantasma, que nunca se había manifestado más que como un destino ineludible, como una bruma en los corazones y en las calles, nos habitaba a todos, nos privaba de cualquier resabio de esperanza. Y prometía sorprender la vida gris de nuestro pueblo, una tarde cualquiera, para darnos un último, definitivo revés. Porque cada despojo, cada exilio, cada muerte, eran leves marejadas que él enviaba hacia nosotros, eran preanuncios de que un día iba a expiar las culpas de San Esteban. Y ese día había llegado.  

Desde el patio de la casa corrí hasta el bar de Roque, donde supuse que ya habría pescadores bebiendo. Iba resuelto a hablar, a decirles que lo sabía.

-Es la muerte –me iba repitiendo- Es la muerte que viene en un barco. Es la muerte que viene en un barco al puerto de San Esteban a buscarnos a todos.

Al llegar al bar lo encontré cerrado, algo muy extraño a esas horas de la mañana. Miré a través de los vidrios y comprobé que había sido abandonado. Ya no estaban las mesas, ni el metegol. Tan sólo el mostrador, atravesado como un féretro amarillo en medio del salón. Tampoco había gente en las calles, salvo un pescador que fumaba con la vista perdida en algún lugar del puerto, envuelto en un viento arenoso que soplaba desde el sur. Me acerqué a él.

-Ya llegó –balbuceó el viejo.

-¿Y donde están todos?

-Todos se fueron –dijo sin mirarme.

Corrí a casa tan rápido como pude, con temor a que los míos también se hubiesen marchado. Pero estaban ahí, esperándome en el umbral. Habían envuelto mis cosas en una manta vieja, que enseguida me cargaron al hombro.

-Hay que apurarse -dijo mamá.

Echamos una última mirada a San Esteban y caminamos por la calle principal, rumbo a las afueras. Fue casi un kilómetro de ripio hasta el cruce de la ruta. En el camino nadie habló, ni miró hacia atrás. Yo lo hice, por última vez, antes de subir al autobús. Allá lejos, mi pueblo destilaba un silencio sombrío.






publicado en Antología "Literatura de Santa Fe", 2002

Ingrid, 1930 *

 





*Centro de Estudios Poéticos de Madrid, España, 2003


Inspirado en la fotografía de ANTONIO BERNI



Apenas un refugio, una burla al hambre embarcado. 

La proa de un navío que bascula incierto en el Mar de los Sargazos. 

Nadie habita ahí, salvo ella.  Descansa en el altillo la obrera de los lechos,

tan danesa y pálida como enferma de clausura. 

Y por la noche se comisiona a los nómades, a las aves de paso. 

Aves rapaces que caranchean el amor.

Los ecos de la estación le anuncian la llegada de las sombras, 

la hora de los torsos sin rostro y el sudor rancio que empapa las cobijas. 

Así comienza su dádiva a la escritura del rimel, 

al perfume de la carne vejada, a las caricias cortas, 

a la luz roja que ahoga todo aliento en la habitación angular. 

Y espera que las monedas rueden como el olvido

 sobre la mesa de pino. Que despunte, al fin, 

el sol filtrado en las húmedas buhardillas 

de Pichincha.





Gustavo Boschetti, Rosario, 2003