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EVOCACION DE LUCIA (relato)

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Cómo saberlo, Matías. Caminamos estas veredas húmedas desde antes que cayera el sol, siguiéndole el rastro a la lluvia de la tarde. Y de pronto, sucede: el pasado se cuela en nosotros como el viento en un zaguán abierto. No existe un porqué, tampoco vamos a inventarlo. Vos y tu obsesión por encontrarle un motivo a todo, Matías. Siempre tan necesitado de certezas, siempre tan de dos más dos son cuatro. Cómo saber por qué esta canción y no otra. Entiendo que sospeches y preguntes, pero no tengo una respuesta. Simplemente me llegó la melodía y detrás vino su recuerdo, como algo inevitable. La música no nos deja olvidar. Claro que te acordás de la canción. Y claro que te acordás de ella, de Lucía. Cómo habría de dudarlo. También es cierto que podríamos recordarla por motivos más obvios: por un rostro muy grande en un cartel de bordes oxidados, o por la simple, opaca revelación de un perfume. Y sin embargo, ya ves, hoy llega montada a una melodía, una melodía tristísima, de esas qu

Lennon

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L as enciclopedias dirán que nació en 1940, en un barrio pobre de Liverpool, en medio de un bombardeo nazi. Quedará para el lector advertir que los primeros sonidos que le llegaron fueron esos: los de la guerra. Su padre fue un marinero al que casi no conoció. Su madre, Julia, la verdadera tragedia de su infancia. Fue dejado al cuidado de su tía Mimí a la edad de cuatro. Su madre regresó unos años después, pero la fellicidad duró poco. John la vio morir frente su casa, bajo las ruedas de un policía borracho. “Mi madre me dejó huérfano dos veces”, diría más tarde. De muy joven fue líder de pandillas, callejero, irreverente, pendenciero y seductor. Encarnó aquello que la sociedad inglesa más aborrecía: el proletariado de los suburbios. Amó al rock and roll por sobre todas las cosas. Formó una banda (Los Quarrymen). Reclutó a McCartney. Su primera experiencia poética fue jugar con las palabras “ritmo” y “escarabajo” para dar nombre a la banda que cambiaría para siempre la hi

EL BARCO (relato)

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Gustavo Boschetti publicado en Antología "Literatura de Santa Fe", 2002 Éramos niños y vivíamos, sin saberlo, en un pueblo condenado. Quizás fuera ése nuestro pecado original. San Esteban ya era por entonces un puerto de fantasmas, que se adivinaba detrás de los médanos como un vano pincelazo de óxido y malezas. Su linde con el mar no hacía más que acrecentarle los márgenes sórdidos, las dársenas enmohecidas y silenciosas. Nacido como embarque de granos, carecía de las costaneras que caracterizan a las poblaciones marítimas. Era, paradójicamente, un puerto de espaldas al mar. Por aquellos años -los de mi niñez- el progreso de otros pueblos relegó sus ventajas comerciales, y con el tiempo apenas si salvó un dudoso calificativo de asentamiento pesquero. Las viejas industrias quedaron abandonadas en los médanos laterales, poblándose sus muelles de barcos semihundidos y gaviotas hambrientas. Los botes de pesca amarraban a un costado, en las escolleras, y esa era toda la activ

“La voz de un pueblo”: aproximaciones a José Hernández (ensayo)

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  Gustavo Boschetti para Cátedra de Pensamiento Argentino y Latinoamericano (2012) “José Hernández ha escrito el Martin Fierro a pesar suyo, porque en ninguna obra es más perceptible el fenómeno de la creación inconsciente”.    Leopoldo Lugones   El periodismo iracundo. La denuncia del “Martín Fierro”   ¿Fue Hernández un pensador? ¿Se le puede considerar un intelectual, o debemos confinarlo a la categoría de poeta inspirado por las musas, como propone Lugones? La intelectualidad del célebre autor del Martín Fierro ha sido objeto de múltiples y disímiles estudios. Se sabe que no tuvo instrucción universitaria, y que de ningún modo era un hombre enciclopédico. Recibió, apenas, la instrucción básica de una escuela. Aunque nadie ha negado jamás que se trató de un poeta brillante, en muchas ocasiones se le ha restado mérito como periodista, como político y como agudo observador de la realidad nacional. Un breve recorrido por su obra periodística y poética nos mostrará, sin embargo, a un

Roberto Arlt: Sobre saberes, barbudos y animales.

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Gustavo Boschetti para Revista Crepúsculo N° 25: "Saberes"  Fundación Tres Pinos Mayo 2014 Sólo por saber, busco en el diccionario el significado de la palabra saber .  Después de innumerables acepciones, aparecen los antónimos. Entre ellos: perderse . Ahí me detengo. Si el opuesto de perderse es saber , entonces un sinónimo de saber debería ser encontrarse . Encontrarse nos remite directamente al cliché “encontrarse a uno mismo”. Aunque no sepamos muy bien de qué se trata, aceptamos que “encontrarse a uno mismo” es una de nuestras necesidades básicas,  puesto que así lo establecieron los libros de autoayuda  y las religiones. “Orando te encontrarás a ti mismo” , o bien, “te encontrarás a ti mismo con uso correcto de tu inteligencia emocional”. En algún punto de su evolución, el ser humano tuvo su “día maldito”. Fue el día del nacimiento de la conciencia. El hombre comprendió que no le alcanzaba simplemente con estar ahí, puesto en el mundo, sino qu

Slowhand (*relato)

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(Una entrevista imaginaria con Eric Clapton) Publicado en:  Rosario/12, Diciembre de 2008   y Revista Literaria Catarsis, México DF, 2009 Cruzar la ciudad me bastó para comprobarlo. Hay demasiada gente en Nueva York. Por eso llegar a Park Avenue es siempre placentero. Una tregua de aire fresco en la gran Babel. Miro las flores del boulevard y los árboles abombados sobre las veredas anchas. Las residencias son, casi siempre, escalones arriba, flanqueadas por una estrecha franja de césped esmeralda. Clavados al pie de cada árbol, pueden verse unos cartelitos muy sobrios, muy ingleses, que dicen algo así como “cub your dog”. (Más tarde, un argentino, que descansaba sentado sobre el capó de su taxi, me traduciría los carteles al criollo: “Cuide que su perro no cague en esta calle”). Hasta la brisa matinal, en Park Avenue, parece una gentileza. Llevo apenas un cuaderno, un grabador y un CD que compré hace apenas media hora, en una tienda de Times Square. Llego a la puerta d

LOS GUSANOS Y LA HERIDA (microrrelato*)

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 *para Revista DDOOSS, Valladolid Buck estuvo tres días fuera de casa. Al cuarto lo encontré tendido en la entrada del garage. Tenía las marcas rotundas del hambre y de una batalla perdida. Respiraba agónico, con la piel pegada a los huesos. Observé que sangraba mucho de un costado, a través de una escara negra y profunda, del tamaño de su cabeza. Casi podía vérsele el alma por el agujero de su cuerpo. Minutos después llamamos al veterinario del pueblo, un viejo poco ortodoxo, pero eficaz a la hora de curar. Llegó en una moto destartalada y ruidosa, con un bolso de cuero negro que le colgaba del hombro.  No hablaba. O quizás lo hacía, pero sólo en el tácito idioma de los animales. Era mi única esperanza y la de mi perro moribundo. El viejo se arrodilló frente a Buck y roció su carne lacerada con un líquido oscuro. Luego, sin más, empezó a hundir su mano en la herida, sacándole gusanos de a puñados. Mi perro temblaba y gemía. Yo  presionaba su cabeza contra el suelo, para mantenerlo qui