Pequeña Ala

 I went to the crossroads, fell down on my knees

Asked the Lord above, have mercy now,

Save poor Bob if you please.


Robert Johnson, “Crossroad Blues”


I


Lo recuerdo y sé que de no haber sido por la lluvia nunca hubiésemos tomado aquel café, nunca hubiésemos hablado de Damián. Nos guarecimos bajo el alero de una tienda y luego, ante el viento y el agua helada, no quedó  otra alternativa que un bar. Elegimos una cafetería con vidrios a la calle, modesta pero bien decorada, que resistía los embates de la lluvia con el ruido de la molienda y un disco country monótono y dulzón. La Negra me miraba por detrás del pocillo con los ojos tiernos de siempre. Su abrigo se escurría en una silla contigua, mientras hablábamos de lo que era su trabajo como profesora en un secundario del centro. “Tengo un alumno de quinto que me recuerda a vos”, me dijo en un momento, y parece que el recuerdo le vino por la particular devoción que el chico sentía por la música. Durante una clase, vio que él llevaba su carpeta forrada con viejas fotos de guitarristas: todos negros, todos vestidos de trajes y sombreros tristísimos, todos muertos y olvidados. Ahí fue cuando la Negra se acordó de mí, se acercó a su alumno y le dijo: “Tengo un amigo que también tocaba blues, cuando tenía tu edad”, algo que dejó al chico perplejo, porque es bastante extraño que -empezado el siglo veintiuno- alguien pueda hablarte de blues con conocimiento de causa, y más aún si ese alguien es tu profesora de matemáticas.  

Más tarde, cuando se aseguró que la Negra no estaba tomándole el pelo, le contó que él también estudiaba guitarra, y que eso, en realidad, era lo único que le importaba. ¡Lo único! -protestaba la Negra, riendo- ¡Y que me lo diga así, abiertamente, una manera como cualquier otra de decirme que se pasa por el culo el álgebra que intento enseñarle! Pero nunca llegué a tomarlo como algo personal, ¿sabés?. Creo que a este pibe no le importa ninguna otra cosa que no sean pentagramas o modelos de guitarras. Ninguna. Por eso me recordó a vos, en aquellos años…

Y “aquellos años” eran una época que yo nunca había olvidado del todo, aún cuando me  había esforzado en hacerlo. Tiempo de pasiones desenfrenadas y esa particular indolencia hacia el mundo y todas sus cosas serias. Años de una última resistencia, antes de empezar a endurecernos para siempre, antes de tranzar y de rendirnos. 

Supongo que después de contarme el episodio la Negra esperó de mí algún rapto de entusiasmo, algún asombro divertido, cosa que de hecho no ocurrió, porque le dije “dale tiempo, a tu alumno”, y debo reconocer que lo dije desprovisto de toda dulzura, con un cinismo repugnante. Lo que quería decirle, en realidad, es que algunas historias nunca dejan de repetirse. 



II


Damián. Damián Reyes. Era un muchacho grave, de mirada melancólica y cara lánguida, sobre la que oscilaba un flequillo desprolijo. Vivía con su madre en una casa dónde sobraban habitaciones, y cuando la mujer no estaba Damián se encerraba en la suya, para escuchar sus discos importados de la “Alligator Records”, y para tocar su guitarra, una copia china modelo Stratocaster en la que había invertido algo más que sus ahorros. Tenía una admiración tal por los guitarristas de blues americanos –y en particular, por los negros- que hasta podía imitarlos en su manera de hablar, con ese tono casi gracioso de los estados del sur. Damián también era capaz de sostener un disco con manos reverentes y describir, casi de memoria, las técnicas de los mejores intérpretes del Mississippi: la manera en que invertían el trémolo, las pastillas sobresaturadas, los amplificadores conectados en serie. Pero la gran diferencia se da en la tercera cuerda -decía Damián- Por eso tenían un sonido tan firme y poderoso. Pasaba largas horas imitando ese sonido, sumándole variantes, haciendo y deshaciendo acordes hasta que le sangraban los dedos. ¿Cómo alguien podía preguntarle por el colegio o por cualquier otro asunto que no fuera la música? Ninguna otra cosa le importaba en absoluto.

Y quien tuviese la oportunidad de hablar con su madre, enseguida comprendía algunas cosas acerca de Damián. La mujer era abogada, tenía prestigio, mucho dinero y la tozuda seguridad de que Damián la seguiría en su carrera. A la hora de enumerar las razones por las cuales Damián iba ser lo que debía (y sobre todo, por qué no iba a ser lo que no debía), la mujer hablaba resuelta, mordaz, con una autoridad que golpeaba. Recuerdo que ponía un particular énfasis en que la guitarra podía ser cualquier cosa menos un trabajo, y que su hijo, muy pronto, iba a tener que olvidarse de las guitarras y esas tonterías. También recuerdo que sus alegatos terminaban siempre con la misma pregunta, que más que una pregunta era un cierre de discusión: “¿Queda claro?”

Por supuesto que quedaba claro. Pero también era cierto que Damián jamás había expresado el más mínimo interés por la profesión de su madre, ni siquiera mencionándolo al pasar. Y era probable que su carácter ermitaño, su perfil obsesivo, fuera el muro que había construido para ponerse a salvo de su futuro, algo que veía próximo e inevitable. Uno no debía ser demasiado perspicaz para entender que lo de Damián no era sólo un capricho de la edad; la música era su única pasión verdadera, el único brillo de sus ojos. 

Por un tiempo, intentó olvidarse del asunto. Damián de verdad tenía talento, o al menos tenía ese don de la perseverancia que suele ser más valioso que el talento mismo. Pero estaba claro que su vida iba encaminada por un rumbo muy distinto al de la carrera musical, según lo que su madre, con precisión de cartógrafa, había diagramado para él. Damián, forzosamente, iba a convertirse en mí, en alguien que había enterrado viva su pasión para ceder a los cánones de esta enorme picadora de carne que no tolera el profesionalismo por fuera de las ocupaciones tradicionales. La música, la pintura, la poesía, resultan ser los hilos con que se tejen las vidas de los bohemios y los vagos. Y -¡cuidado!- que en este sentido no se peque de rebeldía, porque los mayores bajarán su zarpazo inquisidor y harán lo que sea necesario para salvar el honor de los ancestros. Y de paso, el honor propio. Nada que hacer. Así ha sido siempre y este caso no sería la excepción.

Pero una tarde, en la soledad de su cuarto, Damián tuvo una breve charla con su madre. Los detalles de esa charla por el momento no interesan. Lo que verdaderamente importa es que obtuvo su autorización para lograr algo que venía soñando desde hacía tiempo: formar una banda con algunos músicos del barrio y tocar en vivo sus propias versiones. Él estaba lejos de conocer el mercado de la música; pero recordó a un tipo que era propietario de un bar y que solía dar oportunidades a las bandas nuevas de la ciudad. 

Unas semanas más tarde, después de algunos demos y varios días de ensayo, Damián logró que a su banda le dieran veinte minutos en los tablones de “El Cruce”, un sombrío bodegón de la zona que emulaba a los reductos bluseros de Memphis. No iban a pagarles un centavo, pero era, al menos, una oportunidad de tocar. Como primera medida, les advirtieron que el público iba a ser difícil: un rejunte de tipos duros que se ponían cada noche en remojo de ginebra. Y cualquier banda que no sonase con la claridad de Muddy Waters quedaba expuesto a todo tipo de insultos y agresiones.

Los chicos comprobaron, de la peor manera, que no les habían exagerado la advertencia. Esa noche del debut se encontraron frente a un público reducido y apático, un montón de sombras dibujadas tras una bruma fucsia que se llamaban a sí mismos la “inquisición del Blues”. Y aunque el calificativo parezca exagerado, de ningún modo lo era para esos tres adolescentes pálidos y cohibidos que se paraban frente a ellos para tocar algunos de los himnos más sagrados del blues tradicional.

La banda se montó al escenario y de inmediato sintió el golpe. El pánico se trasladó de las manos a los instrumentos, y de los instrumentos al aire viciado del bar. Llegó un punto en que el sonido era una verdadera catástrofe, un embrollo fatal de ruidos inconexos. El público, desde su lugar, mostró evidentes gestos de fastidio. Como era de esperar, al final del primer corte no hubo aplausos, sino un murmullo largo y angustiante. Damián miró a la gente y se mordió los labios con fuerza, dispuesto a seguir luchando.

La segunda canción resultó mejor y todos se distendieron un poco: el público y también los músicos. Damián había tomado la delantera en el escenario y sus tímidos punteos, cada vez más precisos, llamaron la atención de las mesas. El bajo y la batería se armaron en una base sólida y sostenida, hasta que los murmullos se callaron. 

Después de la tercera canción ya se escuchaban algunos aplausos, y varios de los inquisidores empezaron a mirarse entre ellos y a asentir en señal de aprobación. Damián agradeció, y se acercó el micrófono para anunciar que se despedían con una versión propia de “Little wing”, el legendario tema de Jimmy Hendrix. Así, la pequeña ala de Damián encontró asidero en aquel reducto cuyas paredes sudaban alcohol y tabaco, blues y leyendas de pactos oscuros. 


(Hagamos aquí una pausa. La leyenda cuelga aún hoy en una de las paredes de El Cruce y tiene, en el margen, un dibujo a lápiz que la ilustra. Brevemente, voy a relatarla:


Promediando los años treinta, un negro, vagabundo de Hazlehurst, Mississippi, concurre cierta noche al cruce de dos caminos. Lo está esperando un automóvil del que baja un hombre de traje y sombrero de alas. El negro queda perplejo cuando este sujeto, a quien nunca ha visto antes, lo llama por su nombre y le dice saber de su pasión por el blues. El hombre del sombrero ríe como una hiena. Tiene algo siniestro en la mirada, algo que resplandece con más fuerza que la luna. Después, pone el brazo sobre el hombro del muchacho, caminan unos metros y se sientan bajo un árbol, a un costado del cruce. La conversación se desconoce, pero se sabe que el muchacho le entrega al Diablo un papel en blanco: su alma, a cambio de un talento único como guitarrista y de un breve momento de fama. Esta es la historia que envuelve a uno de los intérpretes de blues más geniales de todos los tiempos (no hace falta mencionar su nombre), y que murió, en efecto, poco tiempo después, cuando un desconocido puso veneno en su bebida. La leyenda se extiende a otros guitarristas y a también otras formas de la muerte. Los pactos con el diablo -el alma a cambio de la gloria- siempre estuvieron presentes en la historia del blues.


Y aquella noche, muy lejos del Mississippi, Damián entregó la mejor versión de “Little Wing” que se haya escuchado jamás. El público quedó azorado frente al embrujo de ese chico que, por debajo del flequillo, le guiñaba un ojo a los grandes guitarristas de la historia. Sin prejuicios, sin ataduras, destiló a lo largo del corte un ritmo preciso y certero, fluyendo como el agua, sin límites de ideas, en un solo memorable que duró cerca de diez minutos y que dejó a todos con la ginebra a medio camino de la boca. Cuando terminó el tema hubo un silencio perplejo y después una palmas débiles y sorprendidas, hasta que el público volvió en sí y estalló en una ovación. Y en el centro de toda esa locura, envuelto en un reverbero de guitarra que todavía flotaba en el aire, estaba Damián, Damián y su destino, conectado de un modo extraño, pero indiscutible, con aquellos negros bluseros del Mississippi, viviendo a través de ellos, viviendo ellos a través de él, en un anárquico ADN inextinguible.    

Pero sin embargo varios juraron que algo más estaba ocurriendo en el lugar. Algo que se olía en el ambiente y que podía explicarse del todo. Hubiesen apostado el alma. Y hubiesen ganado.

Porque algunos minutos después, cuando todavía no habían terminado los aplausos, la madre del chico se plantó en el ingreso del bar, con los brazos cruzados, con todo su porte de Oficial de Justicia, frente al desconcierto de tipos tatuados y borrachos que la miraban como a un marciano. Damián la vio desde el escenario, dejó la guitarra a un costado y caminó hacia ella, lentamente, midiendo sus pasos, sin fastidio ni sorpresa, como si luego de ese breve momento ilustre la hubiese estado esperando. Ella recorrió el bar con la mirada, sonrió con algo de desprecio y de triunfo y después se fue con el chico del brazo, escalones arriba.

¿Está mal que no me importe nada, salvo la música?, solía preguntarle Damián. Y su madre respondía que no, que no estaba mal, pero que debía poner, al menos, un pie en el mundo real, porque era muy poco probable que en el futuro pudiese vivir de su guitarra. Entonces él le recordaba que lo mismo habían dicho a Johnson, a Hendrix y a tantos otros; y ella le respondía con el gastado recurso de que “eran otros tiempos”, o “un tipo en un millón”, sólo para que Damián se aferrara con más capricho a sus referencias históricas, a sus mitos, a sus cuentos de pactos con el diablo. 



III


Sigo mirando la calle. Ya no llueve.

-Estaba escrito lo que debía ser. O al menos, lo que no debía –dice la Negra, con algo de ternura, o compasión. 

Y aunque me resultó absurdo, asentí. ¿Que más podía decir? Mi relación con aquel chico se daba en un sentido casi metafórico, que transcendía por mucho el plano donde la Negra ahora tomaba su último trago de café y llamaba al mozo con un gesto apresurado. No iba a repetirle, una vez más, la historia que cuelga en una de las paredes de El Cruce, ni las veces que Damián había hecho explícita su intención de dar el alma por la música, según una historia que, a decir verdad, podía relatar bastante bien. La Negra lo hubiese considerado una cosa de chicos, una ocurrencia insólita. A mí, me bastaba con creerlo.

No hay mucho más que decir. Hoy Damián lleva adelante su carrera profesional muy lejos de la música, en el prosaico mundo de las leyes. Y hoy su madre sigue repitiéndolo con ganas, con alarde, con esa distintiva vanidad que sólo pueden tener ellas. Pero lo único cierto, incontestable, es una conmovedora grabación de Little Wing que todavía se escucha en algunos sótanos barriales. Muchos se preguntan por qué Damián jamás volvió a tocar. Sigue siendo un misterio. ¿Obra del diablo? Tal vez. Pero puede que el diablo no exista, lector, y que ya no exista Damián, porque Damián era yo mismo y he prometido, hace tiempo, dejarme atrás.

Creo que se comprende. En toda la historia de los pactos, debería, sin dudas, incluirse el mío. El que hice aquella en mi habitación con una mujer que nunca llegó a comprender de que se trataba en realidad. Un momento de gloria en un antro a medianoche, a cambio de convertirme en lo que soy ahora: un cuarentón melancólico que mira con cinismo como se repite su historia con un alumno de mi amiga la Negra, con muchos, con cualquiera.

Y sin embargo, a pesar de los años, todavía recuerdo la leyenda que cuelga en las paredes de “El Cruce”. En uno de sus márgenes está el dibujo a lápiz, en blanco y negro. La luna resplandeciente, el árbol, el hombrecito y su guitarra. Y de fondo, un campo de algodón que llega al horizonte; un campo de algodón con caminos rectos y solitarios que cada tanto se cruzan. Es un dibujo hermoso, de un hermoso lugar. No me pregunten cómo, pero sé que hay un río cerca.




gb/2004


El hombre del sexto

El chico jugaba en la vereda, pateando un bollito de papel que repetidamente hacía pasar de un pié a otro, sin quitarle la vista de encima. Era común verlo allí durante el transcurso de la tarde, como un despreocupado testigo de los movimientos del edificio, con sus pantalones cortos, flequillo por encima de los ojos café y pecas manchándole toda la inocencia del rostro.

-¿Se enteró?

El señor Martinez Botto, propietario del tercer piso, no terminaba de cerrar la puerta de su automóvil cuando fue abordado por el pequeño.

-No –respondió, algo sorprendido por la pregunta-  En realidad nunca me entero de nada de lo que ocurre en este edificio. ¿Qué pasó ahora?

-La policía se llevó a Elvis.

Él forzó una sonrisa, desconcertado. Subió a la acera y acarició la cabeza del chico, que ya había abandonado su pelotita improvisada y lo miraba desde abajo, con ojos bien abiertos, las cejas arqueadas.

-¿Quién es Elvis?

-Elvis, el que vive en el sexto

-¿Se llama Elvis?

-Elvis Presley

Esta vez debió esforzarse por contener su risa, frente al rostro serio y lleno de pecas que con tanta gravedad le confiaba su secreto.

-¿Ahí vive Elvis Presley?

-Sí. En el sexto piso.

-¿Y por qué lo llevó la policía?

El pequeño se encogió de hombros, y volvió a patear su pelotita de papel, dándole la espalda, con indiferencia. Quizás, con algo de temor a la burla.

Minutos después, ya en su piso, el señor Martinez Botto no dejaba de regocijarse con la idea. Le inspiraba ternura, una ternura con algo de nostalgia, la ingenuidad con la que cargaba el niño. Sin embargo, lo inquietaba el dato de la policía. Quizás era cierto que algún problema había ocurrido, mas allá de la simpática y descabellada ocurrencia del chico. Tomó el teléfono y llamó, discando tres números, al interno de la administradora, cuya oficina estaba estratégicamente situada en la planta baja, a un costado del ingreso.

El edificio era lujoso y de prestigio, ubicado en una zona residencial. Un lugar tranquilo, donde la presencia de la policía se debía, ocasionalmente, al recaudo de las colaboraciones que puntualmente realizaba el consorcio, a cambio de una protección casi nunca necesaria.

 -Aquí no ha venido la policía, que yo sepa -dijo la mujer desde el otro lado de la línea- Y en cuanto a quien vive en el sexto piso, Ud. sabe, Señor Martinez Botto, el reglamento del consorcio me impide revelar los nombres de los propietarios, a menos que ellos mismos decidan hacerlo. Sólo puedo decirle que es un anciano que vive en compañía de su criada, desde hace años. Éste hombre perteneció a una prestigiosa familia de nuestra ciudad, y ha ocupado importantes cargos públicos. Permítame decirle que muy difícilmente él, justamente él, se vea involucrado en un hecho policial. La idea, disculpe, es casi ridícula.

Ante la categórica respuesta de la administradora, decidió olvidar el comentario del chico y tomar una ducha. Pero al bajar a la calle, minutos después, el pequeño de las pecas permanecía en el ingreso al edificio, esta vez lanzando piedritas a un espejo de agua en el asfalto, que había dejado la lluvia de la tarde.

Se acerco a él, tímidamente, con curiosidad disimulada y un íntimo temor al ridículo.

-¿Cómo ocurrió lo de Elvis? –le preguntó en voz baja, mientras buscaba la complicidad del chico, arrojando también sus piedras al agua-

El pequeño giró la cabeza, y sonrió feliz con la idea de que alguien, por primera vez en el día, tomara en serio su revelación.

-Yo lo ví. Fue ayer a la mañana, muy temprano, cuando escuché ruidos en el departamento de arriba. Un hombre golpeó a la puerta, y dijo: “Señor, somos la Cuarta”. Después me asomé por la ventana, vi el techo azul del patrullero, y dos policías que ayudaban a Elvis a subir al auto.

-¿Y como era él?

-No lo sé. No pude verlo bien. Pero, de arriba, parecía un hombre viejo. No era como mamá me dijo que era.

-¿Tu mamá te dijo lo de Elvis?

-Sí. Una vez le pregunté quienes eran aquellas personas, aquellas de allá, ¿las vé?

Señaló, sin disimulo, a dos siluetas oscuras y robustas, con las manos siempre enfundadas en los bolsillos de los gabanes, y que desde hacía tiempo rondaban la propiedad, las veinticuatro horas, en turnos de a ocho. Meses atrás, la administradora había tranquilizado a los propietarios diciendo que eran custodias personales de un consorcista, y que contaban con el permiso de la administración.

-Entonces mamá me contó que cuidaban a un hombre muy importante del edificio, y que nadie tenía que saber como se llamaba. Una persona que había sido muy conocida. Le pregunté a mamá tantas veces hasta que me lo dijo: “Elvis, el del sexto se llama Elvis”.

Entonces busqué algunos discos de papá y ví muchas fotos de él. Todos piensan que murió, pero otros dicen que no, que todavía está vivo. Yo sé que no murió, que vive acá, que es el hombre viejo del sexto piso. Sé que usaba botas, trajes con medallas y lentes oscuros. Pero ahora está viejo. No creo que cante ni que toque la guitarra. Ni siquiera sale solo de su casa.

-¿Y por qué lo llevó la policía?

-Les pregunté a los hombres que lo cuidan, que por qué se habían llevado a Elvis, y ellos se reían, y me dijeron: “Porque son amigos, nene, Elvis tiene muchos amigos en la policía, y en el ejército. Y también tiene muchos enemigos, los que quedaron de aquella época. Porque Elvis los hacía bailar el rock. El Rock de la Cárcel”, me dijeron. “No sabés como bailaban esos condenados”. Y se reían...

El señor Martinez Botto miró las siluetas oscuras al otro lado de la calle. Y comprendió. Acarició la cabeza del chico y le regaló una sonrisa tierna, que era más bien una sonrisa de alivio, hacia él mismo, por haber comprendido. Y se fue caminando la acera del edificio, aquel prestigioso lugar donde vivían personas capaces de resguardar la identidad de sus vecinos. Esta idea lo reconfortó. Recordó las botas y los anteojos oscuros. Silbó un rock. Cruzó la calle y miró las luces encendidas del sexto piso.

Allí, Elvis estaba a salvo.

Moonlight

Observo,

pienso, 

analizo, 

investigo, 

deconstruyo, 

vuelvo a pensar, 

y al final creo 

severamente, 

objetivamente, 

que todo lo que puede haber

de bello,

tierno,

y único en este mundo 

tiene una pequeña deuda con tu mirada.

Pero (canción)

Crea el sueño y calla

lo dibuja con silencios

y me ofrece habitarlo

para que una luz parda e inútil

entibie este frío

que es preciso conservar.

El aire está gris pero

no es el cielo, amor,

allá arriba vuelan bandadas

en libertad.

Creo el sueño y callo

lo dibujo con silencios

y le ofrezco habitarlo.

El aire está gris y

no es el cielo, amor,

allá arriba vuelan bandadas

en libertad.

Rojo, amarillo, verde

 "...y Dios dirá, cuando haga cuentas con los pueblos, que este hombre nació allí"

Kebra Nagast (Libro Sagrado etíope)

A Robert Nesta Marley, in memorian



I. Y ahora, mujer, te ves caminando en esa playa amanecida del Caribe, con la sola música del viento y el filo del mar que se detiene junto a tus pies oscuros. El humo del cigarro te cubre como una niebla, te realza los colores de las ropas y las rastas, y ese humo te es tan necesario como el instrumento a la música, como la tela al fantasma. Fantasma errante en busca de la Tierra Prometida.

El tiempo está abolido. Si mirás al horizonte, pueden verse los negreros de otro siglo, que dejan su condición de puntos y se rehacen en cáscaras de madera quejosa, van tomando forma sus velas y sus sogas, las proas arrogantes del Imperio que señalan a Jamaica.

Llegaban, en esos barcos, los esclavos que Inglaterra traía de Sión, la Tierra Prometida. Suelo de Selassie, o Ras Tafari, aquel que ordenó a los negros hermanarse y volver al Africa fecunda, a la selva venturosa, a la tierra de los leones y de Dios.

II. Una mañana de 1945, el Capitán Norval Marley huyó de Jamaica con su flota. Dejó, tras de sí, una isla empobrecida y a una esclava de dieciocho años encinta. El bastardo (negro, apellido inglés, rastas tempranas), habrá de llamarse Robert. Años más tarde errará por los barrios pobres de Kingston, fumará el cannabis bíblico de los etíopes, sabrá de Sión y de Selassie, robará una guitarra a un blanco para tocar a Fats Domino.

Dicen que nació y hubo un ruido de tambores en el Africa, un rumor extraño que brotaba del océano y de la jungla. Dicen que, en todas partes, los seguidores de Selassie levantaron la vista al cielo. Y sonrieron.

III. Kingston, 1960. Bob mira con ojos de gaviota a la Jamaica desangrada, a la policía del Imperio dando palo en el lomo de los negros. ¡Si hasta les quitaban el pan y les cortaban las rastas, para humillarlos! Bob tenía miedo, como todos. Pero había un mandato poderoso que lo obligaba a no callar. Era en su sangre el llamado de Sión. Y desde el aro del trópico, desde el regazo cristalino del Caribe, su música como un puente, como un presagio, como una orden.

IV. ¡Get up, stand up! De Kingston a Etiopía, de Reykiavik a Sydney, se va abriendo el eco de un reggae cáustico y sensual. Y es un negro manso, irreverente, quien lo ha soltado al aire como un hechizo. Hay color en el cuerpo de esa música (rojo, amarillo, verde), pero también dolor por el hermano sometido, por la Jamaica encadenada. Música de rastafaris: humo dulce y sagrado de cannabis, canciones que disparan al Sheriff, negra poesía insurrecta en el idioma de los blancos. Ironía: en el idioma que los blancos plantaron en la lengua de los negros.

V. Marejadas de canciones, para que el mundo sepa; la metáfora de la paz, la exhortación de que el hombre puede amar y ser amado. Y al son de cada reggae, tras el velo intangible del cannabis, se despliega prodigiosa la bandera de la Tierra Prometida. El rojo de la sangre, el amarillo del oro, el verde de la tierra. Hay una música de oráculo, ya de todos, con su primer acorde en el Caribe y un destino en el suelo mágico de Sión, un poco más allá, un océano después.

VI. La música es el único consuelo del exilio, por eso siempre ha sido cosa de profetas. Y es un negro manso, irreverente, quien ha soltado profecías como pájaros tricolores. Un día volverán los esclavos que Inglaterra se llevó de Sión. Volverán al Africa en carros a tiro de hipocampos, entre visiones de cannabis y el amor a Dios.

Tus pies heridos y desnudos crujen las arenas del Caribe. Pero no llores, mujer. Era necesario que tu raza despertara, con música de corales, a la bestia ungida en la bandera de Sión. Era necesario este sonar de reggae, este canto rojo, amarillo y verde, este profeta.

VII. América, 1981. El tiempo está abolido. Hoy ha muerto Bob Marley, lejos de la tierra de leones. Pero Dios dirá, cuando haga cuentas con los pueblos, que este hombre nació allí. O en todas partes.


gb

Rosario/12, 13/08/2009


Conmoción de vos

De palabras

yo que tanto

sabio

me creía.

Y ahora,

-sabés-

tan poco, yo,

pulsado, yo, 

de músicas,

orillas, 

acasos,

no sé llevar el peso

de lo que no puedo nombrar.


Ella tembló con la tierra

El sacudón la tomó desprevenida. Ella estaba, como siempre, en todas partes. En los barrios, en el centro; dónde la vida es prosaica, ostentosa o miserable; dónde las calles nacen, viven o mueren; dónde hay árboles, dónde hay tierra, dónde hay río.

Tenía a sus hijos en el horror. Corrió para saber de ellos. Pero minutos antes todo empezaba a terminar. Una cuchilla de aire hirviendo iba cortando por hileras todo lo que tocaba. Corrió más. Se acercó al lugar. Ahora la angustia y el pavor le dibujaban gestos torpes en la cara. Quiso ser fuerte, pero no pudo. Los ojos se le pusieron fangosos de polvillo y de lágrimas; y su pecho no le alcanzó para querer, ni sus brazos para abrazar. 

Ella, la Ciudad, tembló con la tierra. Ciudad preñada de orfandad y de un dolor intransferible que ahuecaba los corazones.



Dedicado a las víctimas de Calle Salta. 

Rosario/12, setiembre de 2013



45 minutos

De regreso, giró el volante y el auto pareció reconocer el camino. Esta vez sólo había ido de visita, pero recordó cuántas veces había transitado aquella ruta. Y aunque el escenario parecía transformado, sólo había cambiado la perspectiva. "No, San Lorenzo, vos no cambias, cambia uno, y ya no te mira con los mismos ojos. Creemos que estás sombrío, vacío o exultante, cuando en realidad todo depende de cómo estamos nosotros por dentro. Sí, todo es relativo, hasta la manera en que miramos". Un velo de niebla viscosa desolaba aún más la noche. Cerca de las diez y treinta, pasó frente al paredón que algún loco había decorado años atrás, pintando el rostro de John Lennon en un mural impresionante. Donde antes había un supermercado, ahora se improvisaba un local de reuniones políticas: “la vecinal”. Se sintió hasta el cuello de recuerdos, aunque sin melancolía, porque jamás dejaría de reconocerse en ese páramo semiurbano: un haberse ido nunca, un destino circular, inevitable, más allá de su reciente y forzado traslado a la gran ciudad, más allá de su destierro. 

Diez y cuarenta de la noche. Ni un alma, el desamparo de la niebla, las luces mezquinas, los barrios a oscuras, el aroma inconfundible del cereal podrido, ya familiar e insignificante para los que transitan la ruta. Sintió un latigazo de angustia y estiró la mano en busca de la radio. Giró la llave y el aparato produjo una descarga para que, segundos después, una balada pastosa de Eric Clapton sonara en forma de chillido. “No es buena música para un día como hoy” –pensó. La perilla volvió a su suposición inicial y de nuevo reinó el silencio.

Mientras San lorenzo se alejaba a sus espaldas, miró por unos segundos el asiento del acompañante. Al conducir jamás quitaba la vista del camino, era la costumbre. Pero así todo alcanzó a ver un celular, indolente y gélido, que minutos antes había abandonado sobre el tapizado. El aparato guiñaba una lucecita verde que latía en el asiento vacío del acompañante. El rostro se le llenó de sombras. Despreció la insignificante figura que reposaba a su lado, detestó con el alma la pequeña antena a medio levantar, la cobertura plateada y ordinaria que aún conservaba el brillo, el nombre que el fabricante había estampado en su frente. Maldito teléfono. 

Quitó la presión del pie izquierdo sobre uno de los pedales y mantuvo la velocidad constante, sobre la ruta desierta y sombría. Intentó pensar en otra cosa, pero un nuevo golpe lo sacudió por dentro. Vamos -se dijo- qué diablos me pasa. Miró el reloj y volvió a mirar el celular. Estiró su mano hacia él, pero no llegó a tocarlo. Porque de repente, comprendió, comprendió su frustración, su ansiedad y todo lo demás. Supo qué música había querido escuchar, que era imposible encontrar en la radio o en los sonidos de la calle, porque sólo había estado deseando que ese estúpido aparato le devolviera el sonido de una voz, simplemente una voz.

La lucecita verde pintaba lánguidos chispazos en el techo de cuerina. Tomó el cruce a nivel y entró en jurisdicción de Baigorria. Y entonces decidió analizar algunos temas cotidianos. En un juego que practicaba a menudo, ordenó sus ideas como si se tratara de piezas sobre un tablero de ajedrez. Poco a poco fue disponiéndolas sobre los cuadros imaginarios, de a una, en un orden racional, obsesivo y celoso. Las cuestiones del trabajo, el presupuesto del mes, el obsequio para el cumpleaños de un amigo, los pormenores de la feroz batalla judicial que mantenía con su ex esposa. Movía las piezas con racionalidad furiosa, tomándolas de a una, rumiándolas y haciéndolas a un lado cuando era el turno de la siguiente. Así lo hizo varios minutos. Pero de repente sintió el espacio llenarse de una sola presencia. Alguien se negaba a formar parte de aquel juego. Simplemente arremetía, hacía volar en pedazos el tablero imaginario, lo ocupaba todo, se apoderaba de todo. 

Otra vez pensaba en ella. 

Observó de reojo los controles de temperatura y combustible: todo estaba bien. Antes de entrar en jurisdicción de Rosario, pasó frente al Hospital. Encendió un cigarrillo. El aroma del tabaco se mezcló con un perfume de flores que perduraba de la tarde. ¿Aquella había sido la causa del repentino recuerdo de su cara, de su voz? Treinta minutos de viaje. Tomó en un violento giro la costanera de acceso y nuevamente quiso desviar la atención. Reparó en el río, que se mostró a su izquierda, oscuro e incierto. Pero fue en vano, tampoco logró distraerse con los buques encendidos que rompían el negro de la noche. Y volvió la vista a sí mismo. ¿Por qué tenía tanto miedo? Quizás la soledad y la culpa lo habían arrojado a un mundo de sombras. Y ahí estaba, hablándole a ella, desde su infierno silencioso. “Si todo fuese más fácil  -murmuró-  si pudiésemos aceptar que así están las cosas”. Le pareció verla allí mismo, recostada sobre el asiento contiguo, con su mirada tierna de nariz arrugada, preguntando “¿nos veremos mañana?”. Y él, ofreciendo la respuesta de siempre, casi obligada, que por incierta dolía en el alma: “Está en nuestras manos, siempre estará en nuestras manos”. Se vio hundiendo los dedos en su cabello espeso, apartando los mechones de su cara para perderse en aquellos ojos café que alguna vez –prometió- serían los protagonistas de un cuento. Recordó el paraíso de canela en sus mejillas, su aliento de azúcar tibia, el hechizo de sus brazos cuando le rodeaban el cuello. Cerca de las once y quince, cruzó la última bocacalle y detuvo el automóvil. El teléfono estaba totalmente descargado, indolente como nunca. Y ya no había tiempo de que cierto número se le marcara en los dedos. Pero supo que al otro día volvería a llamarla, sin excusas, sólo por preguntarle del colegio, de sus juegos, de su mundo sencillo y prodigioso, mundo en el cual él siempre estaría de visita. “¿Nos veremos mañana?” Decirle que cada vez que la dejaba, se sentía morir un poco, porque sin ella cada noche era una ruta baldía. Que muchas cosas no podía explicarlas. Que no podía siquiera consigo mismo. Que estos cuarenta y cinco minutos de viaje, habían sido testigos. Cerró el garage. Subió al dormitorio. ¿Está en nuestras manos? -pensó antes de dormir.  Y sonrió.



gb/1999

Ébanos y marfiles

Mitad del pueblo: negros. La otra mitad: blancos. Una joven blanca es violada, se sospecha que fue un negro. El Juez -que como la Señora Justicia lo ordena es mitad negro y mitad blanco- no tiene pista alguna sobre el culpable. Entonces decide enjuiciar a un negro cualquiera, para evitar que las hordas de los blancos acaben con la otra mitad del pueblo. El negro cualquiera es ejecutado. Los ánimos se calman.

Meses después nace un vástago, fruto de la violación. Es un niño encantador, de ojos muy claros y tez blanca como el marfil. La noticia gana el pueblo rápidamente. Los blancos salen a la calle y celebran jubilosos la evidente supremacía de sus genes. Los negros, humillados, se recluyen en su ghetto. Horas más tarde, el Juez se deja caer en su sillón. Suspira. Enciende un cigarrillo. Piensa en merecidas vacaciones.


gb/2001

El Chantaje

Con la pereza de las horas más tempranas, caminó hasta la esquina de siempre y encendió un cigarrillo. Ahora es una fronda de humo que echa ramas en la soledad de la acera.

La calle está desierta, adormecida, anegada de un silencio viscoso y profundo, y ya son más los neumáticos que chillan sobre el asfalto. El hombre ha dejado de fumar y percibe cómo el despertar de la ciudad concurre con el despertar de las sombras; fija su vista en la proyección de un árbol escuálido que dibuja, sobre la vereda, un cuello de flamenco. Cuestión de imaginar: por qué no un paraguas clavado de punta entre las juntas de las baldosas. A un costado, el parquímetro traza una figura desproporcionada, pero su sombra no da lugar a fantasía porque apenas si es un rectángulo opaco, suspendido sobre un cabito insignificante. Pájaros, automóviles y transeúntes proyectan sus contornos oscuros sobre la calle iluminada, sombras multiformes que se agitan y se devoran las unas a las otras.

Ocurre, entonces, el gran hecho de la mañana. Porque nuestro personaje ha querido poner su cuerpo en el juego de las sombras, sólo por jugar, para convertirse de golpe en un espectáculo grotesco, casi de bufón. Aquellos que pasan, lo ven extender sus brazos como quien quiere volar, levantar sus piernas como pateando el aire, dar vueltas sobre sí mismo buscando el mejor ángulo con el sol, con movimientos tan torpes y descontrolados que, cualquiera diría, es un borracho bailando en la madrugada. Sin embargo sabemos que  no es un loco, ni alguien que se ha pasado de tragos, aunque estas conjeturas sean más creíbles que lo que el hombre termina declarando: No puedo encontrar mi sombra.

Él mismo toma conciencia de lo que acaba de decir. Y segundos después está otra vez en soledad, sin testigos, recomponiendo la vergüenza y el aliño de un hombre que salió de su casa hacia trabajo, un día como todos, como todas las mañanas. Sin embargo, no deja de buscar en el piso, ahora con algo más de recato y disimulo, intentando comprender por qué la luz del día no lo reconoce. A su alrededor, mientras tanto, continúa el incesante parto de las sombras. El sol es más intenso y la vereda reluce como un astro encendido, no hay motivos aparentes para que el contorno de su cuerpo no se refleje en ella. Quizás cuando despierte, piensa. Pero la prueba le llega de sus manos, porque se ha dado unos golpecitos en el tórax y siente el atado de cigarrillos aplastarse en el bolsillo de la camisa. No hay dudas. Acaba de tocarse, está despierto.



Desde entonces el tiempo parece transcurrir de una manera extraña. El hombre caminó sin rumbo y arrastró sus horas hasta más allá del mediodía. Está a una distancia incierta de su casa y de su trabajo, de su vida tal como se venía repitiendo. El sol cae perpendicular sobre el común de los hombres, sobre los pájaros y los edificios, y ha  angostado las sombras a este lado del mundo. Pero no se ha devuelto la suya a quien no la tiene; por el contrario, este sujeto, a quien el sol no reconoce, parece no más que un buen recuerdo de sí mismo, porque el tránsito que lo llevó, primero, de la sorpresa a la confusión, y luego, de la confusión a la angustia, lo ha depositado ahora en un agrio pálpito de extravío. Y el único testigo de lo que ocurre es un desagradable mendigo que no deja de seguirlo, algunos metros atrás, con una mueca helada de burla que no le desaparece del rostro. Si el hombre camina, él camina. Si el hombre se detiene, él también lo hace. Pero el mendigo es ahora el único presente al insólito espectáculo, y quizás sea tan necesario como la sombra misma a la hora de reconocerse. Ambos se detienen, el hombre por cansancio, el mendigo por obediencia al juego, y ya no hay entre ambos burlas ni búsqueda de sombras en el piso, sino más bien cierta complicidad, complicidad que ha encontrado cada uno a partir de su propio desamparo.

Ambos descansan en una plaza, a pocos metros uno del otro, y si no han intercambiado palabra ha sido por vergüenza o precaución y no porque les faltasen las preguntas. Uno quisiera preguntar, Por qué me sigues, y el otro, Dónde piensas buscar tu sombra, como si alguno de los dos supiera qué cosa debe responder.  Pero permanecen en silencio y comparten el mismo banco, a tal punto que el hombre puede sentir el olor fétido y agresivo que desprende el cuerpo del indigente. Pero de golpe irrumpe una sentencia: He visto a muchos perder su sombra, en esa misma esquina. El mendigo oculta su sonrisa de dientes amarillos y toma, repentinamente, un gesto de patente gravedad cuando asegura:  Los he visto, los he visto tantas veces...

Así cae sobre el hombre una íntima luz de esperanza, y aunque esta luz tampoco puede forjarle una sombra, lo salva al menos de saberse aislado en un mundo nuevo, quizás en una nueva forma de locura, muy distinta a las locuras cotidianas de los hombres de ciudad. He visto -dice el mendigo- a gente como tú, en la misma esquina, perdiendo su sombra y otras cosas delicadas; pero no he visto, para serte sincero, que puedan recuperar fácilmente lo que pierden. Han debido pagar un precio. Y qué pierden, pregunta el hombre. Ahora está encorvado, con los brazos entre las piernas, con su mueca de tipo afligido, hablando con el mendigo como si fuese su hermano, como si supiese hasta que punto puede fiarse de sus palabras.

Lo cierto es que a esta altura ha comenzado a sentir el peso del cansancio, el hambre que le berrea detrás de las costillas, la agitación que silba como una canción lastimosa. Comprende que el día finalizará dentro de pocas horas. La noche empezará a revelarse y no habrá, entonces, sombras para él ni para nadie. Qué hacer de regreso. El trabajo de hoy está perdido y, aún contando con la posibilidad de un descargo, nunca daría a los patrones la excusa de haber perdido su sombra, por una mera cuestión del orgullo que todavía conserva. Ocurrirá que en su casa será tratado de loco (o irresponsable, en el mejor de los casos) por la falta a sus compromisos diarios, y lo mismo va a ocurrir con cualquier otra persona a la que recurra en busca de ayuda. Porque, seamos honestos -tan honestos como es él, con él mismo, cuando se lo pregunta-, buscar ayuda para qué. Se ha agotado a sí mismo con estas cuestiones, que le bullen incesantes en su pasmada cabeza, y sólo desea la noche, la hora del descanso de las sombras, una pausa en la pesadilla de la luz. 

Ya caída la tarde, por detrás de unas plantas, reaparece el mendigo, con un aire de burla renovado tras un breve descanso y las necesidades hechas en un rincón de la plaza. Mientras tanto, el hombre se pone de pié y busca por última vez en el piso. Pero es en vano, la luz que va quedando del día no se ha decidido a reconocerlo. La voz del mendigo, ahora seria y enigmática, le llega como un viento viciado: Tu sombra es algo que puede recuperarse, si pagas el precio que corresponde. Quién es –se pregunta- este indigente que todo el día lo siguió como un perro de la calle, y que ahora se vuelve artífice de un chantaje insólito. Quieres tu sombra, pues yo la tengo.  Sólo que deberás pagarme para recuperarla, como me han pagado todos. El hombre sonríe para ocultar su confusión, porque a esta altura del día no está seguro de nada, mucho menos puede trazar, por sí mismo, la delgada línea que separa lo posible de lo que no lo es. El mendigo carga nuevamente contra él, y le señala, Fíjate, mi sombra es más oscura que cualquier otra, y es porque llevo dos en lugar de una. Entonces el hombre observa, tímido, por detrás del cuerpo maloliente (por cierto, le ha parecido que se trata de una sombra más oscura que las demás) y con su silencio, con su absoluta falta de respuestas no está diciendo más que, Sí, allí está mi sombra, tú la tienes. Sin pensarlo se quita sus pertenencias, desde el reloj pulsera hasta una pequeña cruz de oro que lleva desde la infancia, junta cuanto billete puede y los entrega junto al abrigo y algunos cigarrillos, todo para el pago de un rescate inaudito.

Pero esto ocurre cuando la noche comienza a revelarse. Las luces del bulevar se encienden y las sombras se desvanecen, lentamente, absorbidas por la tierra. Mañana, en la misma esquina -escucha decir-. Allí te devolveré tu sombra, hoy ya no puede hacerse nada. El hombre mira el suelo con resignación y comprende que deberá esperar. Sin saber por qué, ha dicho hasta mañana, levantando una mano timorata en señal de saludo. Comprende que él mismo es una sombra extraviada. Puede sentir que odia, que teme, que está cansado y aturdido, que afortunadamente llegó la oscuridad para tenderle una mano. Y que mañana, quizás, todo será como antes. O quizás no, cómo saberlo ahora. 

Mientras tanto, el mendigo se ha echado a andar. Una voz parece brotar de su espalda, como si fuese la propia voz de las sombras. Mañana –repite-, en la misma esquina. Y como en un cuento de Kafka se va perdiendo en la oscuridad de la calle.




gb/2007



Futuro (díptico)

 El riesgo es tu certeza, futuro, tu certeza

    negra.

El velo resistido a la evidencia de la vida. Tu visión

    es la noche,

un presagio de muerte, cañonazo

    de espinas.

La silueta de tu espalda labora los temores

    y el terror

se advierte en ella: tela y blanco del sudario

    del ansia.

Un recuerdo enloquecido eclipsa los embates

    del sueño

tras las llamas azuladas. Y en torno a tu sombra

    se derrama

(como si fuese el sentido del abismo) el vino atormentado

    de tu olvido.

Perverso latido, mañana agobiado, nos obligas

    a bregar

por los senderos en penumbras como ciegos

    en locura.

El riesgo es tu certeza, futuro, tu certeza

    negra,

tu certeza infausta.



(Dedicado a las víctimas de la represión del Estado, diciembre de 2001)


gb/2002

Astorial (canción)

Noche fuelle que sopla desamparo, 

un silencio de fugas y misterio, 

el guapo que en su esquina tiene imperio 

con la sombra amarrada al pie de un faro. 


Tu verano porteño huele a un fango, 

de fusiones contrabajos y champán, 

se queja el bandoneón en un zaguán,

y se subleva el alma: libertango.


    Dale Astor, colgale un enigma

    a un cuerno de la luna

    dale estrella a esta noche de mareados

     y que los ángeles se mueran en alguna esquina mas allá. 


Bandoneón de los duetos con Pichuco, 

la resaca, la milonga y el tabaco. 

de la bronca laringe del Polaco 

que confiesa estar piantao soledad.


Fanáticas sorderas, dos por cuatro,

empujaron tus rarezas a otro lado

y hoy eternos gorriones sublevados

te devuelven la música al volar.


    Dale Astor, colgale un enigma

    a un cuerno de la luna

    dale estrella a esta noche de mareados

     y que los ángeles se mueran en alguna esquina mas allá. 


gb/2000

La Rata

 

Lo juro. Me hubiese quedado horas mirándola. Y reconozco que si no me detuve en la primera pasada fue sólo por falta de coraje. Esa tarde tenía algo de tiempo porque faltaba como media hora para mi encuentro con Darío, entonces para no llegar prematuramente al bar donde luego íbamos a estar durante horas, tomando esos café interminables y hablando siempre de lo mismo, me dediqué a dar una vuelta por la plaza. Por otro lado Darío siempre llega tarde y suele darme tiempo para que, esperándolo, me ponga verdaderamente de mal humor. Por eso decidí caminar y llegar un rato más tarde. Cuando ví al viejo sentado  me  paré detrás de unos adolescentes que salían del colegio y que se habían agolpado en torno al banco, tal vez atraídos por la rata. El hombre se había sentado casi en el extremo de los listones de madera y a su izquierda se recostaba el repugnante animal. Era un ejemplar de unos dos kilos por lo menos, de un color pardo y más gordo que el brazo de un niño. El viejo acariciaba su cabeza y el animal se retorcía levemente sobre sí mismo, como gozando de esa mano agrietada y amiga. Algunos de los adolescentes reían nerviosos y pasmados, manteniendo una distancia prudente con el banco. Otros no lo soportaban y se alejaban haciendo gestos de asco.

-¿Qué come? –preguntó uno de los que estaban adelante-

-Lo que me ofrezca la gente

-Usted no, la rata.

-¡Ah! Insectos, basura, alguna fruta –respondió el viejo

-¿Cuántos año tiene? –lanzó otro-

-Setenta y cinco, hijo. ¿Parezco más?

-Usted no, señor. La rata...¿cuántos años tiene?

-Ah! Cuántos años tiene ella....Bueno, en realidad la conocí de crecida, hace más de diez años, pongamos que tiene quince, más o menos.

-¿Y donde la encontró?

-Ella me encontró a mí, en la puerta de la iglesia.

-¿En la puerta de una iglesia se encontró una rata gigante?

-Ya dije, ella me encontró a mí.

El animal parecía cada vez más inquieto. La charla del viejo con los jóvenes se había distendido y varios se habían acercado un poco más, quedando a escasos centímetros del banco. La rata empezó a retorcerse y a gemir y se retiraba contra el respaldar del banco, manteniendo su gorda cabeza al frente, su cola en punta.

-No le gusta mucha la gente –dijo el viejo, mientras seguía acariciando al animal- le gusta la soledad y el fresco del patio. Abajo del paraíso la tierra siempre está húmeda y ella tiene su pozo junto al tronco, donde duerme. Casi nadie se mete en el patio, ¿sabés?. Y no es por la rata. Es por mí. Yo no tengo amigos ni parientes, tuve un hijo alguna vez, pero ahora...

Las preguntas siguieron. Alguien preguntó porque la había llevado a la plaza, siendo que al animal no le gustaba la gente, y el viejo dijo, a secas, “ella me trajo”. Había un misterio entre el hombre y el animal, pero la fascinación del espectáculo estaba en la imagen, y nadie parecía dispuesto a indagar argumentos. El misterio iba a develarlo yo, un rato después, a solas con la viejo, pero mientras tanto todo se reducía a un show que rozaba lo circense.

El sol empezaba a caer por detrás de los árboles de la plaza y los faroles se encendieron para darle a la tarde un brillo de luces anarajandas. Las copas de los árboles se volvieron negras y macizas.

No quedamos más de 5 personas en torno al viejo, que en un momento dejó de responder las preguntas de los jóvenes y tomó un bolso que descansaba a un costado del banco. Hizo un leve movimiento para ponerse de pie, se acomodó los pantalones y nos miró sonriendo.

Pero entonces ocurrió lo que yo había estado esperando que ocurriera hacía rato. Ante la inminencia de la partida,  uno de los chicos se adelantó y tendió su mano hacia la rata. El animal no se asustó. Por el contrario, se paró en dos patas y se tensó en una quietud escalofriante. Sus pequeños ojos parecieron clavarse con firmeza en la delgada mano del jóven, que incautamente siguió acercándose hacia su cabeza. El viejo no alcanzó a decir palabra, parado como estaba a un costado del banco, y antes que la mano hiciera contacto con el animal, éste se lanzo violentamente hacia adelante, en un movimiento tan rápido que casi no se vio bajo la tenue luz de los faroles. El chico, con un gesto de terror se tiro hacia atrás pero la rata fue más rápida, y en un certero movimiento abrazó al chico con sus patas delanteras y trepó el árbol perdiéndose en la frondosa oscuridad de la copa. Segundos después, el árbol estalló en una nube de murciélagos que volaron chillando de un modo insoportable.

El resto puede imaginarse. Se escucharon gemidos de dolor y del árbol empezaron a caer pedazos de carne enrojecida, despedazada. Hubo gritos de terror y todos corrieron en distintas direcciones,  mirando hacia lo alto del árbol y dejándome a solas con un viejo en medio de una plaza en penumbras.

- Ti si moj sin i opraštam ti, još jednom –dijo el viejo, resignado, mirando la copa del árbol, enrarecida de sangre.

Nunca tuve el coraje de buscar el significado de esas palabras, dichas en un idioma extraño que aún hoy desconozco, y que no he podido olvidar a pesar de los años.

 

 gb/1994

 

 

 

 

 

 

 

 

Arte Flamenco

 a Paco de Lucía, in memorian



Canciones que van a dar al mar

o al fondo de un pasillo de barrio;

canciones  por donde se ingresa 

inexorablemente al olvido. 

Canciones abandonadas, 

de abandonos, 

que abandonan, 

que desgarran;

que esconden estrellas 

y leones 

y cuerdas y montañas.

Canciones como vestidos rojos, 

como fantasmas que enloquecen, 

que españolan, 

que reparan.

Canciones que son olas, monasterios, 

ojos negros 

de madrugada, 

patio de baldosas y guitarras 

un desierto de años, 

la distancia, 

vasta siembra, 

de renuncias 

aceptadas.



gb/2014


Ensayo sobre las esferas

Y cómo evitar el pavor al descubrir que ya nada es como el día anterior, que todo ha cambiado sustancialmente, que lo cotidiano ha adquirido para todo y para todos un mismo impulso y una forma precisa e inconfundible, porque el mundo ha caído bajo un hechizo implacable. Sobreviene el espanto de comprobar que todo cuanto existe va adquiriendo una conformación esférica; y no sólo las cosas, sino también los hombres y todo lo que ellos tocan o hacen. Queda revelado que estas formas esféricas que se apoderan poco a poco de la vida no son ni más ni menos que... ¡pelotas de fútbol! Y las hay por doquier, porque el mundo mismo ya es una pelota de fútbol; un mundo cuyos mares y campos y desiertos han perdido su textura uniforme para convertirse en grandísimos gajos de cuero, blancos y negros, unidos por costura. En el cielo las nubes adquieren formas de pelotas de fútbol y en las ciudades no hay mas que pelotas de fútbol con formas de casas y automóviles y bulevares; y hasta las columnas de alumbrado y los faroles de las plazas han dejado de ser tales para convertirse, de repente, en pelotas de fútbol con lámparas encendidas en su interior. Pero lo más escalofriante, quizás, es comprobar que los hombres han perdido sus cabezas, y que éstas fueron  bruscamente reemplazadas por pelotas de fútbol, quedando fijas sobre la base de los cuellos, y capaces de girar trescientos sesenta grados sobre sí mismas;  de manera que usted puede imaginar un mar de balones transitando las calles, yendo a sus trabajos, a las escuelas, a los restaurantes, todos con sus trajes y sus maletines y sus ropas deportivas y sus bolsas de compras, atropellándose unos a otros, como indiferentes pelotas de fútbol que llevan sus cuerpos a los lugares de siempre; el relator ha decidido, entonces, dejar testimonio escrito de la estremecedora mutación que tiene por delante, tarea que a duras penas ha llegado hasta este punto; porque quien suscribe descubre, con horror, que también sus manos y su cabeza y su vida toda va transformándose, poco a poco, en pelota de fútbol; y hasta el monitor que tiene frente a sí adquiere una forma redonda y cueriza.

Así es como, forzosamente, la narración debe ser interrumpida, quedando trunca e inconclusa. Y permanecerá inconclusa, al menos, hasta que el narrador recupere su ser y pueda retomarla, hasta que suene el silbato final, hasta que concluya el hechizo esférico suspendido sobre nuestras vidas, hasta que las cabezas de los hombres vuelvan a ser cabezas, las calles, calles, y todo el mundo, todo, sea otra vez como antes.


 (en torno al mundial de fútbol 2002. Publicado en diario La Capital de Rosario) 

gb/2002



El dolor

 

a Juan, in memorian

 

 “Y de repente todo hiere, todo lo que se aproxima demasiado lastima. El alma es una gran escara que duele horrores. Y el miedo. Un puñal que atraviesa la carne y la deja ardiente, infectada, abierta. “

Yo iba a verlo casi todos los sábados a la clínica de rehabilitación. Había tardes que lo encontraba simplemente desahuciado. Ojos y huesos, nada más. La desolación de su vida interna lo consumía más que cualquier droga, lo chupaba, lo tragabadentro.

-¿Como puede uno ser tan vulnerable? –le preguntaba a veces-

-Uno es vulnerable porque frente a esta realidad no sos dueño de nada, ni siquiera de la angustia  –me decía- La angustia te tiene a vos, te revuelca y te arrastra donde se le antoja. Uno está solo, a la deriva, abandonado en este mundo sin cielo, sin esperanza, sin horizonte. Y pareciera que está bien así, porque nadie tiene la culpa.

Yo hubiese querido darle, al menos, el alivio de culpar a alguien. Pero era imposible, y él lo sabía.

Al final pudo elegir. Se fue a morir a Madrid, tan sólo como había vivido, sin cuentas pendientes con nadie. 

 

 

gb/1997

Desayuno de domingo

 


Desayunamos encorvados sobre el pasquín y hay que ver a los norcoreanos como corren  prolijitos y serios en la tapa y a los surcoreanos que ríen con toda la dentadura y con muchísimas ganas de morder; hay que ver como  ella junta las miguitas de la mesa y me dice ¡esto es una mierda, esto es una mierda! y estalla en esa risa sonora que es mi vanidad, mi único tesoro; otra vuelta y el petiso Usurpador Sicótico de América (USA) viene a desayunar también asustando a todo el mundo con su amenazante dedo índice de viejo demonio asirio, de hijo pródigo de Atila;  hay que ver el pasquín y la foto sepia de Tanti llena de caras largas: tan preocupada está la segunda línea de que el tuerto vire a la derecha. La Galeria Cervantes se quedó sin vitrales y gano espacio la noticia de que las momias guanches van a ser devueltas por la Municipalidad de Necochea, y así volamos por encima del suplemento mujer, del turismo y  la salud hasta llegar a Tolstoi, que se acomoda un bigote en la sección cultural y se caga de risa de nosotros y del ranking de los libros menos escritos, etcétera. Es cierto que a un cura se le escapó una flatulencia en una cena con el Canciller, y que los chechenos se disculparon con sus madres, y que la pelota pica más rápido en Wimbledon que en Roland Garrós; pero cualquier rosarino que se precie de tal sabrá perdonar este desayuno de domingo, de vuelo rasante sobre un pasquín pobretón labrado de risas y dramones, de peldaños y mejillas, de horóscopo y pronóstico de lluvia.

 

 

gb/2000

Prólogo a "En Pedazos"


por Carlos Italiano


No es simple la tarea de poner en las manos del lector, las llaves de un mundo poliédrico hecho con mosaicos de infinitos espejos, donde cada forma y todos los seres tienen un espacio. No, no es simple, pero es lo que deseo hacer para franquear la entrada a este libro de cuentos de Gustavo Boschetti.
Los personajes y sus circunstancias, resultan ser a veces meras máscaras pirandellianas de una realidad que se asume desde la ventana donde el autor y el lector se comunican, cada uno con sus universos, con las voces de su historia personal, los colores, magias, miserias y éxtasis que la vida ha ido acumulándoles.
En ese instante de contacto de sensibilidades, donde el tiempo del mundo y el espacio de un texto escrito se encuentran en un aleph inevitable, está la necesaria literatura que viene haciéndose desde que la letra buscó su lugar y su voz en el papel. Muchos han querido acceder y obviamente no todos lo lograron; se trata, en definitiva, de una empresa humana, para nada divina, sino hija del trabajo, del deseo y la capacidad. Condiciones que Boschetti expone en cada texto como resultado; es decir, profesionalmente.
Querido lector, las historias que están esperándote detrás de este prólogo, posiblemente las hayas imaginado alguna vez en alguien que resulta ser Fanelli; o quizá tu abuelo supo deslizarte en confidencia su historia con una desdibujada  Ingrid;  o es posible – sí muy probable – que  desde tu adolescencia aún resuenen las notas de una canción que no terminaste de cantarte, aunque no se llame Pequeña Ala, sino del modo único como se inscribió en tu historia.
Posiblemente, también, tus miedos, los nuestros, tus prejuicios y los de todos, tus amores inconfesos y los de cada uno, nunca tuvieron un espacio en las palabras, un lugar en tu voz y  pliegan sus silenciosos celofanes en algún suburbio de tu alma. Tal vez, muy seguramente, nunca vayas a decirlo y es tu derecho;  pero sólo la literatura tiene ese inusitado poder de rehacernos en la historia que otro cuenta y que resulta ser la nuestra. De ese modo, vas a ir sintiendo en el devenir de la lectura de estos textos de Boschetti, que nuestras vivencias – aún las que consideramos más inéditas – nos hermanan con el otro, nos identifican con un ser único, anhelante y sufriente, esperanzado y abatido dentro de una misma piel. Ese mosaico de espejos del que te hablaba hace unos instantes.
Todos somos cada uno al mismo tiempo dijo alguna vez Jorge Luis Borges en un reportaje, y nada mejor que un libro de historias para darnos cuenta de la vigencia casi abrumadora de esta afirmación. Todos somos historias, múltiples, de infinitas narraciones, de contornos heroicos y también de fuerzas proscriptas, de personajes sublimes y de cobardías notorias, de manifiestos sentimientos y de inconfesables deseos, de palabras que se escriben con grandes letras y de otras que supuran amargamente en el silencio. En definitiva, vivir se trata de seguir siendo para encontrarle un sentido a lo que quizá no lo tenga sino en nuestra propia poesía, la que también encuentra un renglón donde recostar su inquietud,  para descansar en las palabras de un autor inteligente y sensible que nos invita a leerlo. Eso, ni más ni menos, es este libro que prologo con la absoluta honestidad de un simple maestro de letras que ve en los textos de Gustavo Boschetti, una obra verdadera, un principio muy digno y la fuerza incontenible que surge de cada relato, ya que nos replantea el pasado y en cada uno podríamos crearle un futuro, otro desenlace, otro cuento sin fin. Porque es literatura y vive en todos los mundos, pero te espera, solamente, detrás de esta página.



Rosario - Noviembre 2007

Slowhand

(Una entrevista imaginaria con Eric Clapton)

Publicado en: 
Rosario/12, Diciembre de 2008
Revista Literaria Catarsis, México DF, 2009


Cruzar la ciudad me bastó para comprobarlo. Hay demasiada gente en Nueva York. Por eso llegar a Park Avenue es siempre placentero. Una tregua de aire fresco en la gran Babel.
Miro las flores del boulevard y los árboles abombados sobre las veredas anchas. Las residencias son, casi siempre, escalones arriba, flanqueadas por una estrecha franja de césped esmeralda. Clavados al pie de cada árbol, pueden verse unos cartelitos muy sobrios, muy ingleses, que dicen algo así como “cub your dog”. (Más tarde, un argentino, que descansaba sentado sobre el capó de su taxi, me traduciría los carteles al criollo: “Cuide que su perro no cague en esta calle”).
Hasta la brisa matinal, en Park Avenue, parece una gentileza.
Llevo apenas un cuaderno, un grabador y un CD que compré hace apenas media hora, en una tienda de Times Square. Llego a la puerta diez minutos antes de lo previsto. No me avergüenza admitirlo: siento un miedo arcano, que me nace de los huesos y termina por juntárseme en los pómulos. Veo la foto y el título del CD: "Me and Mr. Johnson". Todavía no lo creo.
Hago sonar el timbre. Una muchacha me recibe con una sonrisa cansada. Me invita a pasar. Caigo en la cuenta que estoy en casa de Eric Clapton cuando la puerta se cierra a mis espaldas y cesan los ruidos de la calle. Miro las paredes del hall: no hay guitarras, ni discos de platino, ni fotos de conciertos. Tan sólo unas pinturas recatadas y la certidumbre de su presencia, cubriéndolo todo, como una niebla.
El hombre que es leyenda está recostado en un sofá, sosteniendo un periódico doblado a la mitad. Toma el té como lo que es: un prócer inglés. La luz de la mañana le deja en sombras la mitad del rostro. Tiene el aire de un Duque retratado.
Nota mi presencia y sonríe. Su boca delgada es como un trazo de óleo. Me asombra la manera pausada con que se quita los anteojos, la suave e inaudible forma con la que se pone de pie. Ese hombre es la paradoja del silencio.
Conoce mi idioma, dice “buenos días”. Me pregunta si conozco Palma de Mallorca. Allí estuvo un tiempo y aprendió algo de español, a manos de una morena. No sé por qué le miento, le digo que sí, que conozco Palma de Mallorca. El apretón de su mano me sacude algo adentro. “Slowhand”, le llaman. “Mano lenta”. Esa mano y su guitarra me marcaron. Toda mi adolescencia parece suspendida sobre los acordes de “Cocaine” y “Wonderful tonight”. Ahora esa mano sujeta la mía y tengo la impresión que, al soltarme, el mundo entero se va a desplomar.
-¿Cree que podremos terminar en una hora? –pregunta.
La leyenda tiene un aire de hombre sereno. Sabe que le llaman “Dios” y lo acepta, aunque sospecho no le agrada. Debe pensar que un dios hubiese evitado ciertas cosas. Por eso es cortés pero esquivo, un tipo de lejos, que habla siempre desde otro lado. En él hay algo muerto.
Enciende un cigarrillo. Durante años estuvo alejado de los vicios, pero desde la muerte de su hijo ha vuelto, como mínimo, al tabaco. Sospecho que en cada bocanada exhala algo del infierno que lleva adentro. Con el tiempo los ojos se le han hundido en la cara, pero mantiene esa mirada ilustre de portada de álbum. Observo su barba de cinco días.
“Esa barba –pienso- es la de siempre. Jamás le ha crecido, jamás se la ha quitado”
Evito la pregunta del tabaco y cualquier referencia al nuevo disco, que él ya advirtió sobre mi cuaderno.
-Espero que le agrade –me dice.
-Ya me agrada. Lo he escuchado, como mínimo, veinte veces. Es para obsequiar, si no le molesta autografiarla.
-Será un placer.
No quiero preguntarle sobre muertos. Ni sobre este disco nuevo, que es incuestionable. Dejo que me hable de las giras, del hastío de las multitudes, de su nostalgia por Londres, de su escaso conocimiento sobre las bandas actuales. No hay música nueva para Clapton. Todo se repite desde que un tal Robert Johnson tomó una guitarra a orillas de un río y se puso a hacer blues.
-Fue ayer, en Mississippi. O hace mucho, como usted quiera. Da lo mismo. No ha habido nada nuevo desde entonces. Todos los demás nos dedicamos a repetirlo, estamos condenados a repetirlo. Me and Mr. Johnson. You and Mr. Johnson. Everybody and Mr. Johnson.
-Pero usted es Dios.
-No. No lo soy –dice sonriendo. Y sigue hablándome.

Mucho tiempo después, lejos de Nueva York, miro la lámpara fría y muda que cuelga del cielorraso de mi habitación. Es de madrugada. El silencio me asfixia, me tragadentro. Entonces pienso algo que a él, tal vez, le hubiese gustado escuchar: Yo no le temo a Dios, pero creo que el mundo, sin música, sería un error siniestro. Por eso temo  a un mundo sin Johnson, sin Stravinsky, sin Piazzola. Le temo a un mundo sin Clapton.
Vuelvo a cerrar los ojos. Hay una ventana de roble que da a las veredas soleadas de Park Avenue. Y al otro lado, un hombre que me saluda con un leve movimiento de su mano. Esa mano. La lenta. La de milagros.

A Juan Carlos Onetti


Escribo, me escribo y escribo a otros, falseo realidades y personas, apilo frases sueltas y adjetivos en esos patios desconcertados y llenos de malezas en que se han convertido mis libretas. La mayoría de las veces me esfuerzo en serme fiel, única obligación para escribir y para ser digno de lectura. En esto -¿por qué ocultarlo?-  suelo fracasar a menudo. Nimios, cotidianos fracasos del artista. Nada que lamentar. Uno se acostumbra y no se amarga.
Sin embargo, cada tanto, alguien me da el lujo de un cumplido. Digamos que, por un instante, lo acepto con agrado. Me doy una palmadita a mí mismo y me felicito y digo que la cosa va muy bien, sonriendo vanidoso detrás del humo del cigarro.

Pero tengo un remedio para estos deslices.  Cuando corro el riesgo de la inmodestia, miró a la pared, a ese marco que encuadra la cara aguda y distante de un hombre que nació un mes de Julio de 1909 en Montevideo, y que murió en Madrid una tarde de 1994, después de haber escrito una trilogía de novelas memorables y varias decenas de relatos ilustres, y que desde sus ojos de pájaro me recuerda, cuando debe, quién era de verdad un escritor, y por qué.

“No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y que no es posible engañar”


A tu salud, viejo fauno.











El repatriado

("En pedazos", Ed. Ciudad Gótica, Rosario, 2007)


Camus, alguna vez, se preguntó si los únicos paraísos son aquellos que se han perdido. La pregunta no es de Camus, es universal. Aunque siempre, creo, hay una especie de retorno, nunca se pierden del todo. En lo que a mi respecta, soy un eterno exiliado y un eterno repatriado. Llevo esa doble condición. Recuerdos tallados de certezas, afloran desde lo más profundo del tiempo y se recortan en la silueta de una tierra, de un río, de un ave regresando al atardecer.

La niñez se me hizo de una tristeza azul y profunda, la adolescencia de una violenta incertidumbre. Y sin embargo ya lejos, ya hombre, hoy toda felicidad me parece incompleta. Porque en aquellos amaneceres me colmaba y me daba a la vez. Cualquier amor, dicen, tiene el don de regresarnos a lo que somos. Lentas, misteriosas, íntimas, así reviven esas horas, y vuelvo de ellas por el sendero reseco que en el alma me ha dejado el desarraigo.

Hoy es mi tiempo de ciudad, de calles que transpiran su vapor a la luz de un sol filtrado y enfermo. Luego de llover durante horas, el cielo se ha compuesto. Y ya nada será igual: la vida urbana es tan cambiante como inasible. Su perpetua transformación nos da un aire torpe y socarrón de escarabajos. Bebo mi café detrás un vidrio y todo -vida y obra de los hombres- parece transcurrir detrás de un vidrio. El mozo que atiende mi pedido mira hacia la esquina y resiste al reverbero de las voces con indiferencia inglesa. Salgo entonces a buscar una plaza silenciosa, que se abra a la luz de este cielo renovado.

Así comprendo que el silencio no es algo que me esté permitido, ni aún en la soledad.
¿Es el rumor de un barco lo que suena a lo lejos, o es, acaso, el perpetuo ronroneo de las fábricas? Como sea, es ese sonido el que vuelve a repatriarme. Las costas de un San Lorenzo hoy lejano se pueblan de máquinas y embarcaderos. Y clavado allí, entre la barranca y una medianera de altísimos cipreses, se encajona mi vecindario. A un costado, el Paraná es una víbora sepia que se abre paso en el tapiz de la pampa. Nada se aparta del sentido del lugar. Pienso en aquel pibe que no le teme a la ciega oscuridad de los bosques, al misterio animal que se oculta en los troncos huecos, a los fantasmas urbanos que hasta allí no llegan. La falta de miedo y sociedad lo hacen un chico extraño. Sus amigos crían hojas. Otros llevan, en las alas, extrañas combinaciones de colores. Él se ha procurado una vasta sociedad de árboles y pájaros, gremio lícito de milagros  reincidentes. Recuerdo pasar horas sentado en un banco de granito azul, puesto a la sombra de un morero. Cada tanto pasaba un buque que me hacía alzar la mirada. Los olores del río trepaban la barranca. En un papel ocasional, solía bosquejar líneas que pugnaban por ser poemas, tal vez canciones. Hablaban de mí y del paisaje que me ceñía con la fuerza de un titán. Pero el lápiz no me era fiel: rara vez lograba expresar en mis escritos aquello que me cruzaba, de lado a lado, como una sudestada indescifrable.

-Habrá que pensar en el futuro –me decían a veces.

Y yo no respondía. Todo estaba allí, y allí iba a estar para siempre. Entonces, ¿pensar en qué? Cualquier romance que uno tenga con su lugar es siempre un romance intransferible, atemporal. Así lo entendieron Borges y un Pichuco que siempre vuelve en su Nocturno. ¿Cómo decirlo? Esa aparente indolencia de pibe no era más que plenitud en bruto, aunque hoy le pese a la trunca plenitud del hombre.

Cierta madrugada, bajo los veinte metros de barranca, con una soga atada a las raíces de un sauce. La altura hace del río algo peligroso, vedado. Violando todas las licencias, llego a la orilla con mi caña improvisada. La pesca es un pretexto burdo, incluso para mi mismo. Me encuentra de golpe en el casco de la mañana, que se abre generosa y perlada sobre el tímido celaje del río. Mi mano se tiende hacia la piel del agua, hacia mi rostro dibujado sobre el espejo turbio de la corriente. Por primera vez, siente dentro mio ese río prohibido, ese gran espíritu amasado de arcilla y camalote. Y comprendo que si he de buscar un Dios allí mismo debo hacerlo, del mismo modo que ningún Dios ha de hallarme en otro sitio salvo en esa orilla, trazada sobre el lienzo adjetivo de la bruma. Un punto donde el hombre cede su centro al exterior y a la vez se hace foco de todo lo que ocurre.

“Cuando muera aquí estaré, de una vez y para siempre”. Eso le dije al río una mañana, con la cara puesta al viento del sudeste. Y aún puedo sostenerlo, sin temor ni escalofrío.

Hoy, en la ciudad, camino bajo el morero de la plaza. Aquellas que no resisten, caen para manchar los pies descalzos de un pibe, otra vez repatriado, que come algunas y recoge otras. Le han dicho que algunos animales peligrosos remontan la barranca para alimentarse de las moras. Le han advertido sobre la profilaxis de la soledad y de una vida demasiado apegada a los embrujos de la naturaleza. Porque, tarde o temprano, sucede. Un doloroso desgarro hará que uno acabe por ver a través de vidrios; es inevitable que los pulmones se acomoden a la agitada respiración del mundo. Y así intento olvidar al que una vez debió abandonar su tierra, con el corazón estrecho, para exiliarse en la ciudad.

No creo ser capaz de reducir a escritos un pasado verdadero. Pero sé que en cada línea se advierte mi condición de eterno restituidoUn hombre en pedazos. Un paraíso, entre perdido y repuesto, que tira de la carne como un anzuelo perpetuo,  y resiste las súbitas contorsiones del tiempo. Mientras escapa a la brisa de los parques, soplan con violencia las sudestadas en el corazón del repatriado.

PARANÁ (poética de la correntada)



poética de la correntada


1. 
De pie frente al tranco del agua,
paseo la vista obediente
por tu piel turbada de remansos.

Calado de amaneceres de fuego,
guardo de vos la fantasía rabiosa,
la soledad resuelta,
el silencio amasado de barro y camalote,
de buque a la distancia.

Me nombra la música del cauce,
el trinar que fluye de los juncos
y de los sauces.

El resabio amargo de la arcilla,
la orgullosa altura del barranco.
   
tu lecho,
pura vena abierta.
tu borde,
puro arraigo.


2.
(tankas)

Sobre la isla
impone la luna su
luciente hechura.
Pulveriza de plata
las aguas excitadas.

Ángeles bravos
encaraman las crestas
de sudestada.
En sus ojos destellan
luciérnagas de faro.

En el ocaso
Dios se hizo río fiero
y mi alma arena.
Cantan olas en ruego
la oración de la noche.



3.1
Y en tu playa, Paraná
fulgura el rocío
como un sembrado
de diamantes
de barcos y balsas
se desgajan canciones
confío mis ahogos
a tu alma recipiente.




3.2
Y en tu playa, Paraná
como en un sembrado
de barcos y balsas
confío mis ahogos

Fulgura el rocío
de diamantes
se desgajan canciones
a tu alma recipiente.



gb