. (mención honorífica del Premio Provincial de Poesía, Sunchales, 2024) Aprendí muy pronto que un barrio sin nombre es una cosa seria. Casi-boulevard , supongo; casi-centro , seguro. Casi-todo y casi-nada , como yo, que tenía diecinueve y descubría que un barrio sin nombre era una cosa seria. Lejos del pueblo, me buscaba en las calles de una ciudad extraña, y marcaba sus lugares en mi duro mapa de quebrantos, en el vacío insular del monoambiente. Porque…¿podía ser real lo innominado? Así hablaba “Zaratustra”, el profeta que vendía milanesas en la fritanga de la cuadra: “ Esto no es el centro, pibe. Tampoco es un barrio. Acá nada tiene nombre, ni siquiera los gatos que se pasean por los techos. Pero no te deprimas: vaya de regalo esta porción de papas fritas…” Tuve ahí mis borracheras, mis iniciaciones. Y bautismos que se parecieron, en buen grado, a los Ahogamientos de Nantes: vi a un tipo suicidarse ...
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