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Nuevo domicilio: San Martín 1484


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(mención honorífica del Premio Provincial de Poesía, Sunchales, 2024) 



Aprendí muy pronto que un barrio sin nombre es una cosa seria.

Casi-boulevard, supongo; casi-centro, seguro. Casi-todo

y casi-nada, como yo, que tenía diecinueve y descubría

que un barrio sin nombre era una cosa seria.

 

Lejos del pueblo, me buscaba en las calles

de una ciudad extraña, y marcaba sus lugares

en mi duro mapa de quebrantos,

en el vacío insular del monoambiente.

 

Porque…¿podía ser real lo innominado?

Así hablaba “Zaratustra”, el profeta que vendía milanesas

en la fritanga de la cuadra:

Esto no es el centro, pibe. Tampoco

es un barrio. Acá nada tiene nombre,

 ni siquiera los gatos

que se pasean por los techos.

Pero no te deprimas: vaya de regalo

esta porción de papas fritas…”

 

Tuve ahí mis borracheras, mis iniciaciones.  

Y bautismos que se parecieron, en buen grado,

a los Ahogamientos de Nantes:

vi a un tipo suicidarse en la puerta de una timba; 

vi cómo saqueaban el súper de Avenida Pellegrini;

vi llorar a Diego en el Olímpico de Roma,

en un tele que tenía como antena

un caño de cortina.

 

Yo era triste, es cierto. Pero también era feliz.

Feliz y apasionado. Porque no se puede ser feliz y apasionado 

sin un poco de tristeza, cuando las luces

tiñen de sepia las veredas, y el corazón se hace un ovillo

anticipándose al silencio de la noche.

 

Pasión herida, pero pasión al fin:

el mate y la polenta, Whitman y Los Redondos,

las visitas del amigo del exilio

y el teléfono a cospeles para llamar a mi madre.

 

Soñaba sin vergüenza. Bebía hasta muy tarde

un vino áspero y desterrado que el hígado

aún podía soportar. Y honraba los maullidos

que me hablaban, como oráculos,

desde el imperio oxidado de las chapas.


Hoy vuelvo cada tanto a la cuadra

de mis bautismos seculares.

Me apena no recordar a sus árboles. Me inquieta

el bronce con mi nombre en el portero del consorcio

extrañamente lúcido después de tantos años.


Y juro que no me atrevo a ese botón. Quien atienda

hablará desde otro tiempo,

preguntará quién soy y yo, desde luego,

no sabré qué responder.

Porque en el diario arqueo de recuerdos

lo perdido y lo ganado juegan sus retornos circulares,

con la tibia y piadosa vaguedad

de la alternancia.

 

Pero eso no es la memoria.

La memoria es un gato sin nombre

 que juega con un ovillo

en un techo a medianoche.

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