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(mención honorífica del Premio Provincial de Poesía, Sunchales, 2024)
Aprendí
muy pronto que un barrio sin nombre es una cosa seria.
Casi-boulevard,
supongo; casi-centro, seguro. Casi-todo
y
casi-nada, como yo, que tenía diecinueve y descubría
que
un barrio sin nombre era una cosa seria.
Lejos
del pueblo, me buscaba en las calles
de
una ciudad extraña, y marcaba sus lugares
en
mi duro mapa de quebrantos,
en
el vacío insular del monoambiente.
Porque…¿podía
ser real lo innominado?
Así
hablaba “Zaratustra”, el profeta que vendía milanesas
en
la fritanga de la cuadra:
“Esto no es el centro, pibe. Tampoco
es un barrio. Acá nada tiene nombre,
que se pasean por los techos.
Pero no te deprimas: vaya de regalo
esta porción de papas fritas…”
Tuve
ahí mis borracheras, mis iniciaciones.
Y
bautismos que se parecieron, en buen grado,
a
los Ahogamientos de Nantes:
vi a un tipo suicidarse en la puerta de una timba;
vi cómo saqueaban el súper de Avenida
Pellegrini;
vi
llorar a Diego en el Olímpico de Roma,
en
un tele que tenía como antena
un
caño de cortina.
Yo
era triste, es cierto. Pero también era feliz.
Feliz y apasionado. Porque no se puede ser feliz y apasionado
sin un poco de tristeza, cuando las luces
tiñen
de sepia las veredas, y el corazón se hace un ovillo
anticipándose
al silencio de la noche.
Pasión
herida, pero pasión al fin:
el
mate y la polenta, Whitman y Los Redondos,
las
visitas del amigo del exilio
y
el teléfono a cospeles para llamar a mi madre.
Soñaba
sin vergüenza. Bebía hasta muy tarde
un
vino áspero y desterrado que el hígado
aún
podía soportar. Y honraba los maullidos
que
me hablaban, como oráculos,
desde
el imperio oxidado de las chapas.
Hoy
vuelvo cada tanto a la cuadra
de
mis bautismos seculares.
Me
apena no recordar a sus árboles. Me inquieta
el bronce con mi nombre en el portero del consorcio
extrañamente
lúcido después de tantos años.
Y
juro que no me atrevo a ese botón. Quien atienda
hablará
desde otro tiempo,
preguntará
quién soy y yo, desde luego,
no
sabré qué responder.
Porque
en el diario arqueo de recuerdos
lo
perdido y lo ganado juegan sus retornos circulares,
con
la tibia y piadosa vaguedad
de
la alternancia.
Pero
eso no es la memoria.
La
memoria es un gato sin nombre
en
un techo a medianoche.
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